Opinión

La buena muerte

Carlos Loring Rubio | Martes 10 de febrero de 2009
No quiero opinar con ligereza sobre un asunto, del que apenas puedo referirme en todos sus aspectos, en lo que a la amplitud de este artículo corresponde. Como tampoco puedo opinar sobre el sufrimiento de los demás, respecto de lo qué conviene o no al otro, en los postreros momentos de la vida. Ni siquiera yo mismo sé lo que quiero para el final de mis días.

La muerte, abismo que cruzaremos todos, con más o menos confianza o coraje. Cuando llegue ese momento, intentaré acaparar la fuerza y dignidad suficiente para irme en paz. El sufrimiento es inherente a la vida. Si atenuamos el dolor durante toda nuestra existencia gracias a la medicina, por qué este mismo remedio es el que nos lleva a una muerte lenta y agónica. Una máquina nos ata a un hilo de vida de la que es imposible su disfrute. Cuan digno era retirarse del grupo y realizar el último viaje al sentirse morir. No estoy en posición de juzgar a quienes se rinden a la desesperación y al dolor, pero admiro profundamente a los que han decidido quedarse hasta que su cuerpo haya decidido detenerse por siempre. Decisión exclusivamente personal. Por eso, toda persona, debería poder elegir como debería acabar su vida cuando ésta se agota sin remedio o cuando el sufrimiento hace imposible la existencia. En una sociedad en la que la muerte se esconde en asépticos hospitales; el pánico se cierne sobre el paciente terminal, atendido por un personal sanitario que anestesia y que, a su vez, ha sido anestesiado para no implicarse emocionalmente. Dolor, miedo y soledad que son propias de cada individuo en este trance.

Otros, entre sueños y pesadillas, no pueden elegir. Para todos ellos no hay preguntas que realizar, una imposición es la acción pertinente. El peligro sobre decidir por los demás, es realizar las prácticas eutanásicas, con la excusa de prácticas paliativas del dolor, para aquellos que todavía pueden vivir de manera viable. Parecería como si algún médico dios pudiera decidir acerca de si una vida merece ser vivida o impedir las molestias que causan aquellos que no tienen voz. Pero las familias de los afectados no actúan de forma banal o precipitada. Son los que más sufren para con el paciente. Sus decisiones, en relación con la desconexión, como si de un mero trámite se tratara, es una visión injusta de los hechos. Al igual que se ayuda al parto, hay que ayudar a que la muerte dé paz a quienes sufren sin sentido.

Eluana ha muerto de hambre y sed. ¿Culpables? Qué sé yo.

TEMAS RELACIONADOS: