José Lasaga | Viernes 13 de febrero de 2009
Hay tolerancias muy difíciles de entender. Para los que vivimos en los barrios del centro de Madrid, o los visitamos cuando vamos de compras o al cine o al teatro, o simplemente paseamos por sus hermosas calles, es decir para muchísimos madrileños y visitantes de otras ciudades y partes del mundo, es muy difícil de entender la tolerancia, cuando no connivencia de las autoridades municipales con las pintadas que ensucian fachadas, puertas, cristaleras, paredes de kioscos, en fin, cualquier superficie sobre la que el adolescente –o no tanto—de turno se abalance como un poseso o como un borracho en pleno delirium tremens armado con su spray para pintarrajear el espacio en cuestión. Se me dirá que el ayuntamiento hace lo que puede para conservar los edificios de la ciudad. Pero, si bien se mira, colabora enérgicamente con los pintamonas al devolverles el espacio impoluto para que vuelvan a las andadas, cosa que hacen apenas se han retirado los operarios que, además, han bloqueado la calle al tráfico durante las horas que duró la limpieza, gastado el dinero del contribuyente y contaminado el ambiente con los efluvios de los productos químicos que han tenido que verter sobre las fachadas. E insisto. Esa misma noche el tontaina emboscado en la oscuridad, apenas capaz de llevar a cabo su rebuzno gráfico, volverá a macular nuestras paredes y ensuciar las calles donde tenemos que vivir.
Se me dirá: hay excepciones… hay artistas. No lo negaré. Pero por cada uno de ellos hay un millón de meros vándalos. Sí, hay excepciones. Por ejemplo Cátulo escribiendo epigramas contra César en las paredes de Roma. Los resistentes polacos jugándose la vida al dibujar el símbolo del ejercito secreto en las paredes arruinadas de una Varsovia ocupada. Quizás también podríamos aceptar como excepción el suspiro amoroso expresado por la tiza sobre el muro para que la receptora del mensaje se entere de una vez de que ANTONIO AMA A JUANITA. Podría tener un pasar las pintadas que evacuan ataques de ansiedad en mensajes tan surrealistas como uno que vi en Algeciras. Una pintada en letras rojas, de buen tamaño, que decía BESOS HUMEDOSSSSS y las eses se repetían como una plegaria desesperada dirigida a alguna oscura deidad. Finalmente, y ya me parecen demasiadas las excepciones, podríamos comprender la necesidad de una pintada cuando sirve de vehículo de expresión a la indignación moral, como una que vi cerca de un Instituto de bachillerato en Monforte de Lemos que decía: ES PREFERIBLE PADECER EL MAL A COMETERLO. Me pregunto que habría pensado Sócrates de cruzar un día por una calle de Atenas y encontrarse con su máxima.
En fin, ya ven que me esfuerzo en ser comprensivo. Pero esas manchas desarticuladas, esos rayajos balbucientes, esos quiero-y-no-puedo expresarme ?y me salen unas especies de detritus figuracionales que evocan, y con cierta dificultad, muelles descoyuntados, boniatos fláccidos, letras tísicas, tachas agotadas de puro no ser, churretes pringosos, en fin ecos de huellas de formas que muestran la pura impotencia, la frustración autocomplaciente del hermético adolescente que parece llegado a este mundo sin más oficio que el de ensuciar las paredes de nuestra ciudad con esas “pintadas” torpes, sin gracia, repetitivas hasta matar a una vaca de tedio, estúpidas como para insultar la inteligencia de un saltamontes, decía que esas marcas que afean el centro de nuestra ciudad no deberían ser toleradas. Y la única forma de no parecer tolerante con todos esos palurdos fresquistas, es perseguirlos, multarlos, obligarlos a que limpien ellos las superficies ensuciadas.
Creo que va siendo hora de dejar de ser comprensivos con lo que no pasa de ser un acto de barbarie y de incivilidad. Prometo mi voto al partido que incluya en su programa electoral la guerra sin cuartel a los pintamonas.
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