Rafael Ortega | Domingo 15 de febrero de 2009
Corre un gran pesar por Via Della Conciliacione, aquella que Benito Mussolini regaló al Vaticano tras firma de los Pactos de Letrán, que el pasado miércoles cumplieron 80 años.
Gran pesar porque un juez español,-¿de dónde podría ser?, se preguntan los romanos, ha decidido imputar a la Guardia Suiza por unos hechos que se remontan a 1979. Noticia que todavía no ha recogido “Google”, tras su acuerdo con el Vaticano.
Corría la “bella” primavera romana. Era miércoles y el Papa Juan Pablo Segundo subía a su jeep descubierto para, tras pasar por el Arco delle Campane, salir a la Plaza de San Pedro y comenzar su recorrido bendiciendo a la multitud. Los corresponsales acreditados ante la Santa Sede esperábamos pacientes la salida del Papa cuando un Guardia Suizo nos invitó a irnos del lugar. Lo hicimos todos ante el requerimiento del muchachote suizo, menos nuestra querida Paloma Gómez Borrero.
-Que se retire...
-Que yo no me muevo…
-Entonces entre aquí…hasta que Su Santidad haya pasado…
Y Paloma fue invitada a pasar a uno de los aseos situados al final de la izquierda de la Colunnata de Bernini. El militar vaticano cerro la puerta del aseo y Paloma quedó dentro. Pasó el Papa y Paloma comenzó a ponerse nerviosa y a pedir que la sacaran del aseo, que además era para “hombres”. Gritos y más gritos y el Guardia Suizo, cada vez más firme, no abrió la puerta hasta que acabó la Audiencia General. Dos horas más o menos. Hubo protestas de los corresponsales. Se habló de los acuerdos Iglesia-Estado. De la poca delicadeza de hacer entrar en un servicio de “hombres” a una mujer.
Pero ya sabe el silencio vaticano es el lenguaje más importante del mundo y aquello se borró y casi se olvidó. Pero ahora, tras la visita del Cardenal Bertone, Secretario de Estado, un juez español amigo del que imputó al Estado de Israel por los ataques a Gaza, ha hecho lo mismo con la Guardia Suiza.
Dicen los que de esto saben, que se vio al juez el pasado domingo en una cacería de patos en la romana Villa Borghese con un cabo despechado de la Guardia Suiza, que no ascendió a sargento. Un ascenso que fue echado por tierra por un monseñor español al que no se le había saludado convenientemente al entrar al Vaticano.
Gran preocupación en la Santa Sede por este acontecimiento, según nos cuentan nuestros confidentes vaticanistas. Por cierto, el hecho del encierro de Paloma es cierto. Doy fe, porque ninguno de los corresponsales hombres, pudimos entrar en el dichoso servicio durante dos horas. Lo del juez podría llegar a ser verdad. Según está el patio…
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