Opinión

Garzón y los quites del perdón

Pedro J. Cáceres | Domingo 15 de febrero de 2009
Corría agosto de 1.940, su día 18. Semana Grande en San Sebastián. “Donosti” estaba normalizada, como todo Euzkadi, tanto que se hablaba castellano como signo de distinción y progreso y para desestigmatizarse del aldeanismo del que gastaban sólo la boína (hoy txapela) como entrañable seña de identidad.

Tarde de toros en “El Chofre” con Marcial, Domingo Ortega y Pepe Luis, que debutaba y mataba su primera corrida de toros tras su alternativa tres días antes, el día de la Virgen de Agosto.

El festejo, con reses de Pablo Romero, discurría malamente y, en especial, el joven Pepe Luis no había tenido una feliz actuación en el tercero, como Marcial en su lote y Ortega con el segundo de la tarde.

Salió el quinto, y como era habitual en Ortega, anduvo por allí, sobre las piernas, haciendo ver un toro con dificultades para luego sorprender con la muleta. Tras el segundo puyazo Pepe Luis se fue, descarado, a hacer su quite… y lo bordó. Se congració con el público y, desde entonces, fue un donostiarra más en la plaza y en sus calles y playas que frecuentaba con tanta fruición como familiaridad. Ahí nació el llamado “quite del perdón”.

Baltasar Garzón, “Niño de la puñeta”, es taurino; y como tal se siente torero. No es asimilable a Pepe Luis ni en esa tarde easonense, por barba cerrada, un punto hirsuta, frente a la juventud de aquel día del “Sócrates de San Bernardo”. Ni por gracia, ni por torería continuada de éxito reconocido, y menos por todos los públicos. Su corte es más de “torero antiguo” tipo Rafael “El Gallo”: faenas históricas ante los hierros más duros (ETA, narcotráfico, mafias, delincuentes de cuello duro, etc.) alternadas con espantadas, cabezadas y tripadas al callejón -varias y variopintas-, y más de un brindis al sol.

Torero “macho” (antaño) antisistema y “por libre” que claudicó ante el “exclusivista de turno” -cual figura del toreo de los 60 en adelante- dejando de ver amanecer para cargar pilas con las claritas del día por “los lunes al sol” aceptando –aunque ¡independiente!- ser número 2 en unos comicios de hace años. Cierto que como las figuras post Pepe Luis hasta ahora –hoy menos-, se aseguraba 70 u 80 tardes en los mejores carteles y con las mejores ganaderías, pero perdía “mandar en su hambre”, para ser prisionero del “caché” de sus conferencias y el glamour de sus mítines políticos con “uno por delante” y “otro por detrás” del mayor abolengo del partido.

Y pasó lo que pasa siempre, a la hora de las “liquidaciones”: el dinero (símil) del torero era el de un funcionario cualificado, y además “herrado”. Encuentros y desencuentros con los “suyos” y recelos de por vida con “los otros”.
Y ahora viene, en el quinto de la tarde y con la corrida casi conclusa por la crisis, su quite del perdón; o varios, y sin quererlo a varios. Incluso a parte del staff de “los otros”; aunque éstos ni perdonan ni olvidan ¡desagradecidos!

Sus últimas actuaciones, en presente de indicativo, suponen un debate menor que limpia, momentáneamente, el ambiente viciado, irrespirable, que está dejando la crisis y la incompetencia del Gobierno para atajarla. ¿Un quite del perdón a Zapatero? Está claro. Por la variante escora la provocada erosión indiscriminada al PP poniendo el toro en suerte al bipartito gallego y dejándole cuadrado –con las manos juntas- para que Patxi entre a matar en Euskadi. Todo sin obviar la cita europea.¡Más quites del perdón!
Y así aunque parezca inverosímil y paradójico su actitud implacable ante “adosados” del PP, mina la estructura de todo un edificio sólido, pero apuntala uno de sus pabellones más ajados: la Comunidad de Madrid y el PP de Madrid (en cuanto a su cúpula se refiere).

La actitud de Garzón para con colaterales peperos, inmigrantes ideológicos, derechosos sin papeles de militancia activa, y que han desbordado la voracidad de medios de comunicación, nacidos hostiles, ha propiciado reivindicarse a Esperanza Aguirre talando dos o tres árboles de atrezzo, suficiente para saciar la sed de ceses y dimisiones pero preservar un bosque ya de por sí confuso: por que el problema no son los espionajes si no la guerra que hay detrás de ellos y las concesiones irregulares que como las herencias enfrentan a los hermanos.

Entre ellas y como origen (inmediatamente después del “tamayazo”) sin que se haya probado pero con tufo y hedor de causa efecto la concesión de la plaza de Las Ventas.

La cual, curioso, coincidió en el tiempo con otras concesiones administrativas en la Comunidad de Madrid referente a los “tranvías” de la zona rica y que fueron diversificándolas, dosificadamente. Entre otros adjudicatarios, los licitantes ladrilleros-comparsas como fueron: el Sr. Villar Mir (en collera con Simón Casas) y un grupo fuerte sevillano de obra pública que licitó a Las Ventas con el difunto Justo Ojeda. Justo los dos pliegos mejores en el concurso taurino. Poco después los concesionarios de “los ferrocarriles” se deshacían de sus compromisos societarios con los taurinos o viceversa, para no caer en la contaminación por si los “del toro”-como ocurrió con Casas- osaban recurrir a la justicia.

Nunca el partido socialista echó cuentas, de verdad, a este cabo del ovillo para desenmadejar lo que apuntaba “chicha política”, de la buena, con el tema reciente de los espionajes, y los dossieres. Y saber, de una vez por todas, cual es el papel de la verdadera guardia pretoriana, los brokers, de la Presidenta, y si ésta –como los maestros en el albero a sus picadores- les dice ¡vale! o ¡dale!.

Lo de los negocios de afines chapoteando en el lodo y salpicando con centrifugación a la escala, como mucho, de oficiales –cuando no furrieles y chusqueros- sólo sirve para fortalecer, intramuros, al generalato que hace alarde de su autoridad con ceses poco relevantes y de paso cobijar a jefes y mandos de nivel 1.

Lo quieran, o no, otro “quite del perdón”, modelo boomerang.
Un quite del perdón, no reconocido –antes al contrario-, que por efectos cortoplacistas, además, no tendrá refrendo unánime de la afición.

Las orejas y el reconocimiento se consiguen con faenas intensas y puras, y por supuesto rematadas con la espada, en corto y por derecho, volcándose sobre el morrillo y embutiendo el acero por el hoy de las agujas “hasta donde dice Toledo”. El toro caerá “patas arriba”.
Con un quite del perdón, una faena de aliño, y aliviándose con la espada por los costillares, lo menos que puede pasar es pincharlo, y lo probable es que el animal herido pegue postreros arreones del que el torero salga malparado, cuando menos.

Una guerra deja muertos en todos los bandos. Si además es sucia, por sesgada, o te pones el mono de trabajo y te arremangas con todos los riesgos posibles, o lo más que puede ocurrir es que por ir de cacería con fogueo y vestido de etiqueta se escape munición de la que achicharra y hace añicos el frac dejándote en porreta picá.

¡Parece mentira que sea taurino! Con lo cerquita que lo tiene.

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