José Antonio Sentís | Martes 17 de febrero de 2009
El ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, se ha distinguido, desde su asombrosa llegada a la dignidad gubernamental, por una claridad meridiana. Él ha sido confesamente rojo (según sus palabras), nunca ha ocultado su animadversión por el PP, no le ha importado pregonar su condición de montero de caza mayor en su mundo de progres ideales ecologistas, y no ha tenido empacho en defender la superioridad del Poder Ejecutivo sobre el Poder Judicial.
Cosas, todas ellas, heterogéneas, pero que demuestran una personalidad llena de posibilidades para llevarse mal con todo el mundo. Un perfil perfecto, según parece, para entrar en la lotería ministerial de Zapatero, que parece que elige ministros a mala leche, como para molestar.
Bermejo se sabe inoportuno, incluso inadecuado, en alguna de sus actuaciones. Es de agradecer que lo reconozca. Porque, a los demás, Bermejo también les puede parecer inoportuno e inadecuado, con la sutil diferencia de que los críticos al titular de Justicia no son ministros, y él sí.
Bermejo tiene cabreados a los jueces. Y no por una cuestión menor: por la intromisión del Ejecutivo en la independencia del Poder Judicial.
Bermejo tiene cabreado al PP. Y no por una cuestión menor. Por su animosidad declarada hacia el partido de la oposición y por su sospechosa manera de utilizar la Justicia para desacreditar al adversario, desde las famosas filtraciones cuando era fiscal hasta las impagables reuniones cinegéticas con un juez también declaradamente anti PP. Por su forma de administrar la iniciativa de la Justicia durante la negociación con Eta (es decir, su forma de administrar la no iniciativa contra Eta) y por su incapacidad para entenderse con los colectivos que se supone que representa.
Como ministro, pues, no tiene desperdicio.
Naturalmente, todo lo que haga contra el PP estará bien visto en su entorno. Forma parte de su ideología y no hay que negarle valor, porque no todo el mundo tiene los arrestos como para expresarse de forma tan sectaria, tan arrogante y tan despreciativa hacia sus interlocutores.
Lo que Bermejo no sabe es que un caso como el suyo tiene encaje en la política canalla española, por ser canalla, pero sólo hasta cierto límite. El que marca el compadreo con el no menos sectario juez estrella de la Audiencia Nacional. Eso queda mal, muy mal. Para un ministro de Justicia, que por ello debería dejar el cargo inmediatamente, y para el mencionado juez, que está de hecho autorrecusado por tratar con una de las partes interesadas en un proceso penal antes y durante su instrucción.
A la democracia española le queda mucha tela por cortar. La confusión de poderes del Estado tiene rasgos de abyección. El compadreo ministro-juez no permitiría que en una democracia anglosajona saliera un solo caso judicial adelante. Pero aquí vale todo, cuando la pieza de caza es suficientemente apetecible.
En fin, Bermejo ya ha cumplido. Puede ponerse todas las medallas exigibles, puesto que el ideario de su Gobierno (por ejemplo, en el control del Poder Judicial) ha sido orientado con mano firme. Pero ha utilizado guante de hierro en mano de hierro, y eso es mucho hierro.
Bermejo ha abusado del sarcasmo, en lugar de imitar la meliflua sonrisa de su mentor Zapatero. Y le va a costar caro. Porque Zapatero ya tiene bastante con aguantar a Solbes, porque alguien tiene que susurrar a los caballos de la crisis. Tendrá que sacrificar a otro. A Bermejo le quedan dos telediarios, por tanto.
Sé que me arriesgo infinitamente con la crítica a un ministro, porque suele ser motivo para su permanencia, pero no en este caso. A Zapatero le han dado un tiro simbólico entre sus entrañables ojos de venado con el espectáculo Bermejo-Garzón. Ha ganado más que ha perdido, porque tiene destrozado al PP. Pero no puede permitirse el lujo de tener a un francotirador en el Gobierno. Primero, porque ya le ha hecho el trabajo sucio; segundo, porque no le puede exprimir más; y, tercero, porque no puede admitir que uno de sus escuderos manche burdamente la angelical imagen que tanto le ha costado aparentar.
Zapatero tendrá que relevarlo pronto, porque la inoportuna montería ha puesto en evidencia una estrategia que se quería oculta, y porque, además, queda fatal para la tierna mirada de los bondadosos progresistas el espectáculo de tanto animal tirado en el suelo, sin que se acreditara previamente su militancia en el PP.
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