Opinión

¿Por qué tenemos tanto desempleo?

Juan Velarde Fuertes | Martes 17 de febrero de 2009
Habíamos sido campeones en el desarrollo de nuestra economía. España se había acercado en el 2007 a sólo un 4% del PIB por habitante y paridad de poder de compra de Francia y había sobrepasado con claridad al de Italia. En medio siglo había aumentado ese PIB por habitante prácticamente nueve veces, un éxito sólo emulado, en tan corto espacio de tiempo como es media centuria, por Japón. De pronto nos hemos despeñado dese esa cumbre y lo que prueba ese desastre, es el considerable número de parados que tenemos y su vertiginoso incremento. ¿Por qué un desempleo colosal acompaña a ese derrumbamiento?

La contestación obvia es que la economía española ha entrado en una severa depresión económica, como lo muestra la recesión que se deriva del crecimiento negativo del PIB a lo largo de los dos últimos trimestres de 2008; que en tasa anual, en diciembre de 2008, la producción industrial se derrumbó un 15’4%; que el déficit por cuenta corriente en los doce meses que concluyen en octubre de 2008 alcanza la cifra descomunal de 164.100 millones de dólares, sólo superada en el grupo de los 42 países que tienen algún peso en la economía mundial, por el saldo negativo norteamericano; que el déficit del sector público se ha desatado, y ha superado ampliamente el 3% de límite para los miembros de la Eurozona; que el riesgo país medido por el diferencial con el bono alemán a 10 años era el 12 de febrero de 2009, de 114, superación de 100 puntos básicos que en Europa tienen Bélgica (106), Grecia (266), Irlanda (236), Italia (139) y Portugal (128), lo que explica el descenso de la deuda española en las más conocidas cifras de ordenación del riesgo (rating); que la Bolsa de Madrid, el 11 de febrero de 2009 respecto al 31 de diciembre de 2007, en euros, había perdido un 46’1%. Con estos fundamentos, lógicamente el desempleo tenía que ser muy alto; efectivamente, en diciembre de 2008 alcanzó ya el 14’4% de la población activa, una tasa tan considerable que, en el conjunto de esos 42 países que tienen algún peso en la economía mundial, sólo es superada por la de África del Sur; detrás de España se halla la doliente Bélgica, con el 11’1% en el trimestre que concluye en enero de 2009.

Luego la pregunta tiene que trasladarse a ¿qué es lo que ha originado ese estropicio que se traslada a un desempleo que pronto llegará a los 4 millones de parados? La respuesta es bastante evidente, porque el fuerte desarrollo español en el último lustro se basó en un endeudamiento colosal de nuestra economía en el exterior. Una serie de intermediarios fundamentalmente bancos y cajas de ahorros , actuaban de financiadores. El consumo privado, la actividad inmobiliaria, la expansión empresarial, tenían a su disposición fondos que procedían de ahorradores extranjeros. Gracias a ellos España pudo apostar a un desarrollo que no era competitivo con el exterior. Complementariamente y con sagacidad, bastantes empresarios españoles comprendieron que había llegado el momento de invertir más allá de las fronteras, sobre todo en Europa, Iberoamérica y Estados Unidos, mientras que esas sumas que salían no eran compensadas por llegadas de fondos exteriores, repelidos por el sistema impositivo y el marco institucional económico español. Agréguese que, en parte a causa del crecimiento económico que tuvimos, y en parte por el descenso en el papel exterior de nuestra Patria, la Unión Europea redujo drásticamente sus transferencias a España. Sin la llegada de ahorro exterior, la economía española, por fuerza habría de detenerse. Y de pronto, como consecuencia del inicio de la crisis financiera norteamericana, esa fuente se secó.

Los intermediarios financieros españoles, para su provecho, habían ampliado, con esos fondos exteriores, sus créditos. Ahora se les exige que los devuelvan, y al reclamarlos y no conceder otros nuevos, se frena la actividad en seco, comenzando por aquella más apalancada: la industria de la construcción. A continuación, el efecto se propagó a todo el aparato productivo.

El agobio bancario que podía originar una paralización sistémica de toda nuestra economía, hubo de ser remediado, para evitar esa catástrofe, con fondos del Sector Público, por lo que surgió un nuevo déficit que, al tener que ser financiado con deuda, provoca mayor oferta de estos valores, que al desvalorizarse motivan una automática subida de los tipos de interés, lo que frena la actividad. Y la Banca y las Cajas de Ahorros ni pueden soñar con prestar esas sumas recibidas del Estado, so pena de, sencillamente, quebrar, porque sirven para su saneamiento interno. Y esto se mantendrá así hasta que concluya la crisis financiera internacional, que no tiene trazas de resolverse a corto plazo.

Cuando finalice esta situación, España tiene un dilema: cambiar su aparato productivo, con reformas estructurales poco populares –energía nuclear; flexibilización del mercado de trabajo; restricción el gasto público; alteración del Estado de Bienestar; exigentes mecanismos educativos y de formación profesional; alivios en el IRPF e impuesto de sociedades; reducción el papel de las Autonomías en la economía; ampliación de la libertad del mercado en todos los ámbitos, desde los alquileres hasta los horarios comerciales, y así sucesivamente y así adquirir competitividad exterior, o no hacerlo, y condenarnos a una persistente situación de desempleo y de estancamiento económico. La sociedad española tiene que optar, y hacerlo ya.

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