Análisis
Viernes 20 de febrero de 2009
En la noche del 21 de febrero de 1934 un miembro de la Guardia Nacional nicaragüense, bajo el nombre de Delgadillo, condujo al líder guerrillero Augusto César Sandino y dos de sus generales, al monte de La Calavera, en donde le esperaría un batallón de fusilamiento que, por órdenes del Anastasio Somoza, acabaría con sus vidas exactamente a las 23 horas.
Si bien con este acto Somoza se quitó del camino a un rival político y acabó con la vida de uno de los personajes claves de la historia latinoamericana del siglo XX; el general, que a futuro sería el gran dictador de Nicaragua, no llegó a prever que con la muerte de Sandino, nacería la leyenda que inspiró a principios de los años sesenta, la creación de uno de los grupos más emblemático de la sangrienta guerra de guerrillas: El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).
Estas siglas son el sinónimo de uno de los períodos más complejos de la historia del país centroamericano y en el que el nombre de Daniel Ortega Saavedra, el actual presidente de la República de Nicaragua, figura como uno de sus principales protagonistas. Un protagonismo que el mandatario desea consolidar acosta de la imagen y la memoria del primer revolucionario nicaragüense, tal como lo hizo en su primer mandato en 1985.
La conmemoración del asesinato de Sandino, conduce a la reflexión de que este país se encuentra a muy pocos pasos de dar un salto atrás en su historia, cuando el FSLN, movimiento que derrotó a la dictadura somocista, tomó el poder en 1981 a fin de implementar un gobierno revolucionario, inspirado en los ideales nacionalistas y antiimperialistas del héroe guerrillero.
Sin embargo, el mundo de 2008 es muy diferente al de 1927 cuando Sandino emprendió su campaña, al igual que el de 1981 cuando el FSLN asumió el mando del país. Aquel idealismo que una vez sirvió de arma ideológica en el seno de las naciones latinoamericanas, como una forma de rebelión contra las dictaduras que azotaron la región, ya no tiene sentido en los tiempos actuales, porque supone un retroceso hacia las viejas estructuras del pasado y no precisamente con la intención de hallar mecanismos que garanticen el bien común de los ciudadanos.
A setenta y cinco años de la muerte del que es considerado el “General de los hombres libres”, la imagen de Daniel Ortega se ve fortalecida por esa corriente populista que está comenzando a emerger en América Latina y que le ha proporcionado un buen grupo de aliados en el continente, quienes no dudaran en conmemorar y capitalizar, junto al mandatario nicaragüense, la gesta revolucionaria de Sandino.
Mientras tanto, más en señal de respeto y de admiración que de simple politiquería, Walter Castillo Sandino, seguirá con la búsqueda del cuerpo de su célebre abuelo, que aún se encuentra sin tuba y en paradero desconocido.
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