Análisis
Sábado 21 de febrero de 2009
En los últimos meses se ha intensificado, de manera insospechada, el diálogo diplomático entre la Federación Rusa y un importante número de países de América Latina. Desde que Venezuela reemplazó a Estados Unidos (EE.UU) por Rusia como principal proveedor de armas, el gigante euroasiático ha hallado en esta coyuntura, el momento idóneo para incursionar en la región latinoamericana. Un territorio que siempre le ha sido vedado por ser el bastión de la diplomacia estadounidense.
A lo largo de la pasada administración de George W. Bush y a causa de los conflictos en Oriente Medio, la agenda internacional del gobierno norteamericano cambió de rumbo, generando el debilitamiento y enfriamiento del histórico affaire entre la potencia mundial y sus vecinos de Hispanoamérica. El distanciamiento de EEUU hacia el conjunto de los países de Latinoamérica era evidente, ya que a excepción de Colombia, Brasil, México y por supuesto, Cuba, el gobierno de Bush tenía la mirada puesta hacia otra dirección.
Durante todo ese tiempo la obsesiva fijación de Bush hacia los programas de defensa lo condujo a tocar nuevas puertas diplomáticas, sobre todo en los otrora países comunistas de Europa del Este, como Polonia, República Checa, Ucrania y Georgia; éstos dos últimos, muy sensibles para la política exterior rusa, por haber sido en el pasado, territorios anexionados del imperio zarista y la Unión Soviética.
Tal “irrupción” por parte de Estados Unidos a lo que representa el “patio trasero” de Rusia, no ha sido del agrado del Kremlin, que siempre ha mostrado una conducta especialmente proteccionista y aprehensiva hacia su vecindario, el cual se extiende desde Europa Central y del Este hasta Asia.
La entrada de EEUU al eje territorial ruso, ha motivado al gobierno de Dmitri Medvédev alterar su política internacional y aprovecharse del giro ideológico que está teniendo lugar en América Latina, para abordar un mercado que le fue inaccesible por más de cinco décadas, y en el que le es posible encontrar socios incondicionales, dispuestos a invertir dinero en la Madre Rusia, como bien lo hace el presidente venezolano, Hugo Chávez, desde 2005.
De hecho ha sido Venezuela la que le ha abierto la posibilidad a Rusia de desembarcar en América Latina. Pero no sólo la influencia Chávez en los gobiernos Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Cuba y Argentina, ha contribuido al desembarco de los intereses rusos en la zona.
La paulatina dejadez del gobierno de EEUU hacia a los problemas de la región, ha instado a que las naciones de América Latina empiecen a considerar otras alternativas diplomáticas que les permitan independizarse de la agenta internacional estadounidense. A finales e 2008 y principios de 2009, Medvédev ha contado con la visita de tres mandatarios latinoamericanos: Evo Morales, Raúl Castro, Daniel Ortega y Cristina Fernández de Kirchner, y para el mes de abril tiene previsto recibir a la presidenta de Chile, Michelle Bachelet.
Al ser una de las principales potencias energéticas del mundo, Rusia ve en este acercamiento, la gran oportunidad para expandir su imperio energético, debido a que la administración de Medvédev, supeditada aún a la figura de Vladimir Putin, sabe que América es una valiosa mina de oro para sus intereses. Los llamados acuerdos de “cooperación conjunta”, resultan ser un extraordinario pasaporte para emplazarse en estos países, a fin de de poder cambiar petróleo y yacimientos, por armas, tecnología y una que otra reliquia de la Guerra Fría.
Es evidente que la Federación Rusa está clara sobre sus objetivos con respecto a América Latina. Sin embargo, surge la gran interrogante si los estados latinoamericanos saben lo que esperan de Rusia. Quizá, éste debería ser el principal planteamiento para hallar algún tipo de respuesta a la inesperada rusiamanía que ha invadido a la región, y que comenzó como una iniciativa venezolana para provocar a EEUU.
Pese a la crisis que azota a la economía estadounidense, la primera potencia mundial debe subsanar y replantearse, cuanto antes, las relaciones con Latinoamérica, a fin de mantener una política de vecindad coherente y equilibrada. A Estados Unidos no le conviene tener al águila rusa sobrevolando una región que es potencialmente susceptible a naufragar en las olas del populismo, porque la misma, podría significar un problema adicional dentro de lo que siempre ha sido su “patio trasero”. Y es que no hay que olvidar que está águila, a diferencia de otras, tiene dos cabezas.
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