Olga González Alonso | Sábado 21 de febrero de 2009
A la suegra de mi vecina la del quinto la metieron el otro día en un autobús diciéndole que la llevaban de excursión a Portugal, le cobraron quince euros y acabó en un mitin de Anxo Quintana, el del BNG. Sí, el mismo que durante sus años de oposición acusó sin descanso a los del PP de utilizar a la tercera edad para captar sus votos con fiestas, bailes y otras artimañas que suponían tratar a los mayores como menores mentales. Estaba la suegra que mordía, me cuenta su nuera, porque a ella le hacía mucha ilusión pasar un día en ese extranjero que tenemos tan cerca, comiendo bacallau con sus compañeras de timbas del Hogar del Jubilado y viendo paisajes. Y resulta que, antes de llegar a la frontera, les hicieron apearse del autocar, a ella y a todos los excursionistas, nada menos que setecientos, les mandaron entrar en un restaurante y les pusieron de plato único un revuelto de logros desconocidos y promesas recalentadas y como único paisaje un líder nacionalista que clamaba vótame, anda, que tu fuerza mueve este país.
La madre política de la del quinto, que está ya de vuelta de muchas cosas, dice que años tal vez le sobren pero luces no le faltan y que va de cráneo el político que pretenda ganarse su confianza con enredos. Que ella se juró a sí misma que nadie volvería a engañarla el día en que su marido la llevó de viaje de novios a las fiestas de su pueblo en lugar de a Mallorca como le había prometido. Pero lo que más indignada tiene a la señora es el hecho de que tuviera que pagar por ir a un mitin, dónde se ha visto, cuatro años aguantándolos y ahora encima desembolsar quince euros para que intenten convencerla de aguantarlos otros cuatro más.
Un precio demasiado alto, dice, si se tiene en cuenta que en estos días de campaña electoral resulta de lo más fácil encontrarte por la calle a políticos que te saludan gratis y hasta te echan piropos con sonrisa de cartel mientras te entregan la papela publicitaria en la que se piropean a ellos mismos. Y que, puestos a pagar, añade, mejor que sea para ver a Pepiño Blanco, que por lo menos da para unas risas y dice cosas a las que luego se les saca mucho jugo en las tardes de brisca. Como aquello de admitir que Touriño no es precisamente la alegría de la huerta, qué observador es este chico. O lo de que él habla castellano porque está en contra de las imposiciones, mientras su partido en Galicia obliga a los niños a estudiar en gallego porque lo imponen los socios nacionalistas de las excursiones-mitin. Pero para reírse de verdad –por no llorar- mejor aquello otro de que con los socialistas Galicia ha avanzado mucho en cuanto a las pensiones, las ayudas de la dependencia o la asistencia sanitaria. La suegra de mi vecina y sus amigos es que se parten recordándolo cuando dan sus paseos matutinos, juegan al dominó o participan en viajes organizados como el que el otro día acabó en sorpresa.
Las encuestas publicadas sugieren que la abstención puede ser una protagonista indeseada el próximo 1 de marzo en Galicia. Y hechos como que los socialistas estén insistiendo en movilizar a sus afines para que voten, que el propio José Blanco haya llegado al extremo de pedir el voto a los simpatizantes del PP –quizá porque no confía ya en el apoyo de los propios-, que los dos integrantes del bipartito se empeñen en acusar a los populares de promover el abstencionismo o que las mismas encuestas indiquen una paulatina subida de los de Alberto Núñez parecen apuntar a un temor por parte de los del actual bigobierno a que la mayor parte de los que no vayan a las urnas sean de los “suyos”, por la decepción creada en estos cuatro años de freno y marcha atrás que han seguido a aquellas promesas de cambio progresista. Y quizá ello explique que los de Quintana hayan tenido que ingeniar nuevas modalidades de marketing electoral como la de llenar los mítines de jubilados bajo engaño y previo pago. Hay que estar desesperados, que dice la suegra de mi vecina la del quinto.
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