Javier Zamora Bonilla | Martes 12 de febrero de 2008
¡No! ¡No se asusten! No voy a remover las aguas del manifiesto electoral de los obispos, y no por rebajar la tensión. Allá la jerarquía eclesiástica con su parroquia cada vez más vieja y más mermada. Me refiero al discurso de los partidos políticos, que también parece que se inclinan hacia parroquias restringidas y unilaterales.
Cualquiera que escuche con cierta atención y conocimiento de causa a los portavoces de los partidos políticos, sobre todo cuando presentan los argumentos del contrario, se da cuenta de forma inmediata de la falsedad de los planteamientos. Las ideas se exponen burdamente, sin ánimo de razonar para intentar convencer al ciudadano de la verdad de lo que se afirma. Cada portavoz político habla para sus parroquianos, para convencidos que no necesitan argumentos sino carnaza contra el contrario. Frente al debate de ideas y la exposición de razones, predomina el eslogan y el insulto.
El discurso parroquial puede servir para el mitin, pero no para llegar a una ciudadanía compuesta de ciudadanos variopintos, capaces de contraponer racionamientos diversos y de ser conscientes de que la verdad (incluso la política) no está siempre de la misma parte. Si la democracia es algo, es principalmente contraposición de argumentos. Los portavoces de los partidos insultan a la inteligencia de los ciudadanos al presentarles simplificaciones groseras de la realidad, cuando además no es ése el verdadero lenguaje político y dentro de los partidos hay mucha mayor riqueza de la que parecen mostrar los argumentos falsarios de las caras que se ofrecen diariamente a los ciudadanos.
No desprestigiemos más la política, actividad fundamental de nuestras sociedades contemporáneas, con mensajes tan simples. Ha llegado la hora del elogio de la complejidad.
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