Enrique Arnaldo | Domingo 22 de febrero de 2009
En una de esas operaciones mecánicas del denominado “zapping”, el pasado sábado por la noche –inmediatamente después de conocerse el brutal asesinato de Marta del Castillo en Sevilla- me indigné ante un plató de televisión. Los voraces reporteros del morbo lograron reunir en una mesa semicircular a la madre de Sandra Palo, al padre de Mari Luz y al tío de la joven sevillana y portavoz de la familia. Faltaba el padre de Desirée, una de las niñas de Alcasser. Otros aplicados chicos de la prensa pugnaron por alcanzar el premio Pulitzer al morbazo e hicieron comparecer en EL estudio de otro canal de televisión a una menor de edad que parece ser es la novia del presunto asesino de Marta del Castillo. No tuve más estómago. Simplemente me mareé al contemplar los escenarios. Prometo que ni vi ni escuché nada. Ni ganas de hacerlo. Y me fui al Diccionario de la RAE que define la morbosidad como conjunto de casos patológicos que caracterizan el estado sanitario de un país.
Creo que, en efecto, la sociedad está enferma. Si gozara de plena salud apagaría el televisor y convocaría masivas manifestaciones de protesta ante tamaños atentados a la dignidad de las personas, que pisotean sus derechos inviolables. Regocijarse con la sangre, detenerse en los detalles de casquería, revivir el dolor, activar –directa o indirectamente- los instintos de venganza, son los deportes preferidos por estos programas que nadan en el llanto ajeno. Estas destrozadas familias –con toda seguridad ingenuas y probablemente engañadas por intrépidos periodistas de tercera división que entre bambalinas dicen ejercer como psicólogos recuperadores- desnudan sus vidas ante los ojos de atónitos espectadores que se convierten, al no levantarse del sillón, en cómplices de tamaña tropelía. Los presentadores y sus tertulianos resoplan con sus preguntas dando vueltas de tuerca a los higadillos, desbordando los sumideros de estiércol. Con esa cara de circunstancias maquilladas que les caracteriza se regodean en lo más íntimo y personal sin pudor alguno. Se transmutan en juzgadores en paralelo, a pesar de su falta de título.
Todo vale por la famosa audiencia. El ser humano se convierte en medio de transacción para que el “share” no decaiga. Resulta que la política resta espectadores, que los líos de los famosetes ya cansan y que, en realidad, los documentales de la 2 no los ve nadie por más que los entrevistados declaren siempre que son sus series preferidas). Ante cualquier hecho truculento se convocan alcachofas y cámaras, en cuestión de minutos, intentando obtener con sacacorchos palabras o imágenes que se repetirán una y mil veces para el deleite de los deglutidores de la casquería vestidos con bata y zapatillas de felpa.
Me rebelo contra la zafiedad pero rechazo con todas mis fuerzas el abuso, consciente y voluntario, de personas desbordadas, sobrepasadas, engañadas con el premio de la televización de su inmenso dolor. Por más códigos deontológico que se escriban sólo se pondrá fin a estos desatinos cuando la sociedad española (quizás otras cercanas también) se cure y tome el mando en sus manos para cambiar de canal. El apagón analógico debe ser también el del final del morbo infame. Pero, como hemos comentado otras veces, todo es manifiestamente empeorable.
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