Opinión

La Iglesia “abertzale”

Javier Rupérez | Lunes 23 de febrero de 2009
Hace algunos años, dos democristianos españoles visitaron a un destacado prelado católico para transmitirle sus sentimientos de perplejidad y confusión ante las que consideraban abiertas provocaciones nacionalistas y pro etarras del entonces obispo de San Sebastián Jose Maria Setién. El argumento de los dos políticos, que habian meditado largamente sobre la conveniencia de la visita, sólo decidida ante la evidente y obscena deriva “abertzale” del obispo vasco, consistía en poner de relieve la desafección que las andanzas de Setién provocaban de manera evidente en la grey católica española y la urgente conveniencia de que la iglesia española, o la misma universal, hiciera algo al respecto. El prelado escuchó con atención concentrada los razonamientos de los democristianos, a los que creía enviados por la dirección del partido politico en que entonces militaban. Cuando estos le garantizaron que la gestión era puramente personal, y tenía sus orígenes mas en preocupaciones religiosas que en políticas, el distinguido purpurado dio rienda suelta a su contenida emoción y les confesó que el tema estaba en la primera línea de sus preocupaciones diarias, entre otras cosas porque en el curso de sus actividades pastorales recibía continuamente interpelaciones de clérigos y de seglares sobre las acciones de Setién, y era perfectamente consciente del rechazo que provocaban y de la incomprensión nacida al comprobar que un obispo de la Iglesia Católica Apostólica y Romana pudiera sentir tan abierta simpatía por los terroristas y sus conmilitones.

El conjunto de la Conferencia Episcopal Española, cierto es, y aún dentro del estilo cuidadosamente matizado y escolástico que suelen tener los documentos de la milenaria institución, había mantenido una firma y consistente postura de rechazo al terrorismo, sus inspiradores y sus practicantes y una elemental exégesis permitía observar la distancia existente entre el obispo donostiarra y la práctica totalidad de sus colegas. Pero hubo que esperar a la llegada de su edad de jubilación para que en una desacostumbrada muestra de apresuramiento la Iglesia de Roma aceptara su renuncia y procediera prontamente a su sustitución. El reemplazante era otro vasco, Monseñor Uriarte, de quien se sabía la lógica preocupación por los sufrimientos de sus coterráneos y se esperaba firmeza frente al terrorismo. Uriarte, que duda cabe, no es Setién. Pero lo que si parece seguir siendo de Setien es la curia diocesana en la que se mueve su sucesor: el documento pastoral de la diócesis de San Sebastián recientemente publicado en el que se lamenta la ilegalización de las fuerzas politicas afines al mundo etarra, con el fantástico argumento de que ello priva de elección a una parte de la ciudadanía, no ha podido tener su origen en otras oficinas que no sean las que dictan la estrategia de los batasunos violentos e independentistas. La absorción de las nociones del extremismo nacionalista -o simplemente del nacionalismo- por parte de algún sector de la clerecía vasca produce sonrojo secular. Caben dos opciones, como siempre en estos casos, que Uriarte estuviera al tanto, con lo cual lleva el camino de “setienizarse”, o que, caso raro, no lo estuviera, lo cual diría poco y malo de su gestión pastoral.

Los portavoces de la Conferencia Episcopal Española se han apresurado a mostrar la distancia con respecto a la nueva andanada eclesiástico-donostiarra, presumiendo piadosamente que el texto no era estrictamente episcopal y reconociendo implícitamente la secular verdad jerárquica: cada obispo es soberano en sus diócesis. Pero como aquellos dos democristianos le hicieron ver a su episcopal interlocutor hace años, esas sutilezas sirven de poco a los que creen en una comunidad universal de credo y costumbre, de cuyos pastores esperan lo que el Evangelio enseña: simpatía por el perseguido, atención al que debe exiliarse para salvar su vida, solidaridad con las victimas, reprobación de los verdugos, castigo a los culpables, búsqueda de una paz basada en la justicia. La inmensa mayoría de los fieles católicos en la España que ETA martiriza desde hace cuarenta años querrían encontrar a la Iglesia española, incluyendo en ella a la vasca, en la trinchera de las victimas. Los que esperaban votar y representar a las siglas ahora ilegalizadas pertenecen a la categoría de los victimarios. Solo el maligno, o Setién, puede pretender introducir distinciones en verdades tan evidentes.

No debe ser fácil la misión episcopal en la complicada tierra en que el nacionalismo ha convertido al País Vasco y sencillo, sin embargo, imaginar los desgarramientos que gentes como Uriarte deben sentir ante tan ardua tarea. Pero el reto no es desconocido para los católicos españoles y sus obispos, cuando decidieron abandonar las comodidades cesaropapistas y apostar por la libertad. La sotana y el trabuco -lo sabe bien Monseñor Uriarte- nunca han sido buenos compañeros.

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