Martes 24 de febrero de 2009
La pasada madrugada, ETA volvía a irrumpir en la campaña electoral vasca haciendo explotar una potente bomba en la sede que el Partido Socialista de Euskadi tiene en la localidad guipuzcoana de Lazkao. Los daños materiales han sido cuantiosos, pero por fortuna, ahí ha quedado todo; no ha habido que lamentar víctimas. Dicho atentado se une así a los acaecidos este pasado fin de semana, con un pequeño artefacto colocado en un “baztoki” de Baracaldo y el incendio de la fachada de otro en San Sebastián. En el primer caso, únicamente hay que lamentar daños materiales. En el segundo, la sola ayuda de un extintor bastó para apagar las llamas, de forma que los destrozos fueron mínimos. Lamentablemente, la larga trayectoria de ETA hace que, cada vez que actúe, vengan a la memoria hazañas anteriores de estos “radicales”, término utilizado para referirse a los terroristas por parte del mal llamado nacionalismo “moderado”. Como eufemismo de asesinos o criminales, resulta bastante pobre. Pero las comparaciones son odiosas y más en este caso.
Efectivamente, si nos remitimos a algunos de los atentados que ETA ha perpetrado en los últimos años, puede verse la intencionalidad de unos y otros. Vaya por delante que quien pone una bomba siempre busca hacer daño, eso está claro. Pero es un hecho que, con el artefacto colocado en el aeropuerto madrileño de Barajas hace poco más de dos años, ETA buscaba matar. Y lo consiguió. Se llevó por delante la vida de dos personas. Qué decir de otras salvajadas, como la matanza de Hipercor en Barcelona -veinte personas muertas- o la de la plaza de la República Dominicana en Madrid -once-. O de los tiros en la nuca, cobardemente selectivos. ETA pondera exactamente el impacto que quiere ocasionar y, con arreglo a ello, procede. Además, se sabe absuelta. Parte del clero vasco ha apoyado siempre la causa de terrorista, de forma grosera, aunque hipócrita. Buena prueba de ello la dio en su momento el antiguo obispo de San Sebastian, José María Setién, en tiempos en los que algunos sacerdotes vascos se negaban a celebrar funerales por víctimas de ETA. Tampoco le va a la zaga el actual, monseñor Uriarte, quien ha condenado recientemente la exclusión de las candidaturas proetarras que pretendían concurrir a las elecciones vascas. Mal irá el rebaño si el pastor busca coartadas para los terroristas.
Años atrás, el entonces líder del PNV, Javier Arzallus -cuya voz sigue teniendo mucho peso dentro del partido- se mofaba de quienes llevaban escolta en Euskadi, aduciendo que a él no le hacía falta. Por algo sería. Si se repasa la lista de fallecidos, heridos o expatriados por culpa de la barbarie terrorista, se verá cómo los más perjudicados son, amen de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, honrados ciudadanos cuyo único delito era el de no ser nacionalistas. Quienes, por otro lado, beben todos de la misma fuente contaminada, por más que algunos de ellos condenen “por imperativo legal” las acciones de sus correligionarios -ideológicamente hablando- más radicales. Comparten el fin, aunque sobre el papel discrepen en los medios elegidos para conseguirlo. Con el del pasado fin de semana, el PNV ya tiene “su” atentado. Que le permite presentarse como víctima en esta campaña. Los daños materiales de sus “batzokis” los pagarán las aseguradoras y a otra cosa. Es otro ejemplo más de terrorismo de baja intensidad. Los tiros en la nuca y las bombas que sí matan, ETA las guarda para los no nacionalistas.
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