Opinión

Trileros

Carlos Loring Rubio | Martes 24 de febrero de 2009
La deslealtad comercial parece haber enraizado en nuestro país. La picaresca todo un género literario que dio a saber de las formas viles en las que vivían en los siglos de oro español, son moneda de cambio actual para cualquiera actividad mercantil que se precie. Si además juntamos un poco de oligopolio y el efectivo desconocimiento que sufre la población en general, nos topamos con los que triunfan, es decir, todos aquellos que tienen estomago para falsear, tergiversar y hacer de lo ajeno lo propio sin ninguna impunidad. Las grandes compañías han aprendido que es mejor quitar que pedir. El cliente, sobre el que se debían cernir todos los parabienes que comulgan con las buenas prácticas empresariales, es acorralado y ninguneado. Tras años de experiencia esa es la forma de tratar al consumidor. Grandes maestros del CRM, de la gestión de clientes o del marketing han recetado la ilusión, para que la empresa sobreviva a la competencia bellaca del contrario o competencia.

Las grandes compañías de servicios estratégicos, poco más de lo que queda, marean a los julays en interminables melodías de espera telefónicas y descubriendo, entre interferencias, el lejano lenguaje de operadores extranjeros. Los ganchos y los cómplices se van haciendo los menos, pero su letra pequeña desgarra a la crédula prole. Banca, seguros, telecomunicaciones, electricidad, gas y agua, procuran medidos artificios que la gente suele esperar a través de castigos en cuenta corriente. Cómo es posible que el tejido industrial español, de las pequeñas y medianas empresas, base del crecimiento económico, no tengan línea de crédito; cómo es posible que las facturas de telefonía, agua, gas y electricidad vengan engordadas y encriptadas para el más puesto; cómo es posible que al prender el aparato televisivo a partir de medianoche, todos los canales generalistas nos impongan la disciplina del engaño en dudosos sorteos vía sms o mediante concursos fraudulentos; cómo es posible que las grandes empresas sigan mangoneando en tiempos en los que a la gente sólo le queda el aval hipotecario y el subsidio de paro. Quizás refinanciando la deuda con una amable compañía o pidiendo un préstamo exprés…; el ahogo es inminente, de aquí a la calle.

Cuando el gran embuste de los precios de la vivienda caen en barrena, arrastran a todo aquello que era España, un país enladrillado que simulaba grandes precios auspiciado por la gran y pequeña banca comercial. De repente la gran patraña norteamericana toca la fibra sensible de la economía real de este reino de taifas. Ya no hay liquidez, no hay dinero. Cajas de Ahorro al borde de la quiebra y ciertos bancos sacando pecho desde donde están, lo ganado parece que a buen recaudo está. La renta per capita y el PIB hundiéndose sin remedio. Fabricas de capital extranjero huyendo por lo bajini de una nación muda ante el estropicio. El paro en crecimiento exponencial. Los sindicatos bien pagados por el dinero de todos, y como estómagos agradecidos, echan mano del discurso gubernamental, ninguna pancarta en la calle, vergüenza.

Mientras tanto, el Gobierno dilapida el margen de déficit en medidas inútiles y premia a costa de la deuda toda idea salida de las cabezas de los que nunca pierden. Y el ruido. Procesos electorales que enturbian la clara y apabullante realidad, con promesas vacías de imposible cumplimiento. Sólo importan asuntos espurios de sociedad, llamados del corazón; o simulacros de espías, cacerías y el que hay de lo mío de siempre. Dónde está la Administración, dónde el legislador, en qué ocupa el tiempo el Defensor del Pueblo. Los jueces de huelga o con crisis de ansiedad ante lo turbio de sus actuaciones, y el Ministro de Justicia, siempre bien acomodado, arrastrado a su cesión o dimisión, según.
Faltar al respeto de los parroquianos, que hacen posible la sustentación de los cash flows y de los presupuestos, espero que tenga un precio y que éste se pague pronto.

TEMAS RELACIONADOS: