El chivato
Jueves 26 de febrero de 2009
Nos dicen que la democracia es una forma de gobierno; de organización del Estado, en la cual las decisiones son adoptadas por el pueblo mediante dispositivos de participación que confieren legitimidad a sus representantes. Lo que nos ocultan son las muchas imperfecciones contenidas en el manoseado “poder del pueblo”. Una de estas –y no la menor- es la inercia; la parsimonia con que las decisiones, nunca unánimes, del engañado “poderhabiente”, solo cristalizan cada cuatro años –o más donde nacen las bananas-.
Desde que en la naciente democracia eclosionada en la Atenas de la Antigua Grecia, en tiempo de Pericles (siglo V a. C.), la opinión de los votantes estaba influida por la sátira política que realizaban los poetas en los teatros, estos –los teatros- fueron mancillados por políticos de diferentes cataduras, en nombre de las varias suertes de democracia puestas en práctica a lo largo de los siglos con escasos resultados de justeza popular casi siempre.
Pero el teatro resistió porque el teatro lo aguanta todo y sobrevive a pesar de las agresiones totalitarias y de haber sido utilizado para adoctrinar a las masas políticamente amorfas y en su mayoría analfabetas (los bolcheviques en 1917). Además, el teatro es un ejemplo cierto de democracia pública sin apellidos políticos. El público, sin la inercia temporal a la que todos los sistemas democráticos someten a sus votantes, reacciona con rapidez y pone o quita funciones con el mejor sistema de votación conocido: acude a la taquilla, si el espectáculo le gusta y se abstiene en caso contrario. La permanencia del espectáculo en el teatro depende del número de votantes que, día tras día, deberán superar la mayoría absoluta (más del cincuenta por ciento del aforo). Si el sabio público no asiste en número suficiente, la compañía de cómicos asume su fracaso y "dimite".
Si los políticos han utilizado el teatro para sus fines, bueno sería que copiaran algo su dinámico sistema de relevo y, como hacen los cómicos no paniaguados, dimitieran tan pronto como les abandonara el favor de los siempre sabios espectadores.
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