Opinión

En caída libre

Antonio López Vega | Sábado 28 de febrero de 2009
Después de que el pasado 15 de septiembre el sistema financiero estuvo a punto de colapsarse como confesó ante la prensa por aquellos días Nicolas Sarkozy, los analistas coinciden en que asistimos a una profunda crisis económica cuyas causas últimas aún no se han acertado a señalar. Como se recordará, en los prácticamente seis meses que han transcurrido desde entonces, el grueso de las medidas que han sido aprobadas por los gobiernos de los países económicamente más poderosos han consistido, fundamentalmente, en parchear la crítica situación del sistema bancario con inyecciones de liquidez que buscaban reactivar el sistema crediticio. A todo ello hay que añadir que la riada ha hecho que, en las últimas semanas, se ha tenido que acudir en ayuda de sectores a los que la crisis ha colocado al borde de la quiebra como, por ejemplo, el sector automovilístico francés, con todo lo que supone éste en la economía gala.

Un punto de inflexión en este tiempo fue la celebración de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos. La esperanza suscitada por el fenómeno Obama del que muchos esperaban (y esperan) un salvador casi mesiánico de nuestros actuales problemas, trató de ser atenuada por el propio presidente de los Estados Unidos. En todo caso, no deja de ser paradójico que esa esperanza que le ayudó decisivamente a ganar las elecciones del pasado mes de noviembre se pueda convertir en su peor enemigo. Resulta una obviedad pero, por si alguien no se había dado cuenta, el presidente Obama no podrá resolver todos los problemas del planeta. No sólo eso. En relación a la propia crisis económica, es más que dudoso, como no pocos analistas están señalando, que las viejas medidas proteccionistas que está impulsando su administración puedan ser la solución a la misma. Primero, porque la coyuntura actual no es asimilable, por ejemplo, a la suscitada por el crash de 1929. La historia no se repite y, desde luego, la economía globalizada en la que nos movemos hoy día poco o nada tiene que ver con la de décadas anteriores. Y, segundo, porque el problema no está en plantear el origen de esta crisis en la confrontación proteccionismo/liberalismo. Hasta donde han acertado a explicar los economistas, el origen de la ficción vivida en los últimos años no está en el libre mercado, sino en el fallo (o corrupción) de los sistemas de control de la actividad financiera.

De la actual situación lo más decepcionante, a mi juicio, es que no parece que haya un liderazgo ni político ni de ningún otro orden, que vaya a ser capaz, de momento, de tomar las riendas de la situación. Agarrarse a Obama como solución a nuestros problemas es agarrarse a un clavo ardiendo. No porque no se mire con simpatía al presidente de los Estados Unidos que, sinceramente, inicialmente cuenta con la de buena parte del mundo, sino porque después de las esperanzas suscitadas en torno a su figura, va a resultar imposible que cumpla con las expectativas creadas. A pesar de su carisma, haga lo que haga, consiga lo que consiga, necesariamente terminará desinflándose la imagen mesiánica que le rodea. Desengáñense, el mundo seguirá teniendo problemas y ni siquiera Obama acabará con las guerras, las injusticias y la pobreza, el cambio climático, etc.

En relación a la crisis, Obama y los demás actores políticos parecen desorientados. Sus medidas parecen más coyunturales que de fondo. Buscan evitar la debacle, y parece que de momento lo consiguen, pero no logran reactivar la economía con medidas estructurales que nos lleven más pronto que tarde a salir de la actual situación. De hecho, organismos internacionales, gobiernos y analistas, día a día, retrasan en el tiempo las expectativas de recuperación. Primero fue el segundo semestre de 2009, ahora hablamos de 2010, algunos aventuran 2011. Nadie sabe. Y lo peor de todo es que los esfuerzos que nuestros gobiernos nos están exigiendo es poner puertas al campo y, como todo el mundo sabe, eso no lleva a ninguna parte.

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