Pedro J. Cáceres | Domingo 01 de marzo de 2009
“Todos somos Adrián”
Un éxito. Felizmente con precedentes. Se le viene a la memoria de uno, el de los damnificados por el Nevado del Ruiz (Colombia) donde empezó a crecer Joselito. El de Julio Robles en Las Ventas –el de Bojilla, también-; los de “El Soro”, etc.
Algunos se han institucionalizado para causas justas sin tener que esperar el drama o la tragedia puntuales de los “hijos del cuerpo”. Ahí están como botón de muestra los de la lucha contra el cáncer, ya clásicos, de Murcia y Jaén, entre otros muchos.
La letra pequeña de estos espectáculos tiene profundidad en dos direcciones. En la más puramente taurina es la oportunidad de ver desinhibidos de atavismos a viejas glorias o recientes figuras retiradas en plenitud de torería. En el aspecto social, el toreo se blanquea ante tanta difamación beligerante e injusta.
Se tiene al toreo como un subproducto de bajos fondos dentro de la industria del espectáculo caricaturizado con silueta de “cosa Nostra”. Como si la tauromaquia se inventara en los años 20 en Chicago, y sus máximos escenarios no fueran Las Ventas o La Maestranza, si no la mansión de los Giuliano en la siciliana Palermo, o el puerto de Marsella.
Es dura la vida en la Tauromaquia. Desde su negación por las administraciones como la más genuina representación tradicional, popular y cultural que pone en suerte todo tipo de ataques nada argumentados y asaz indiscriminados, hasta tener que renovar su crédito, cada cierto tiempo, con la sangre mortal de sus intérpretes hecha presa de la parca, o tributar un valor añadido de solidaridad vital, respecto de otras manifestaciones culturales, lúdicas o espectáculos de masas, en causas propias o ajenas.
Si bien, ha de ser de forma permanente y constante a sabiendas que el indulto de su crueldad acuñada –en vomitivo tópico- tiene corta fecha de caducidad y es necesario renovarlo como si La Fiesta tuviera que pasar una ITV de moralidad humana y animalista de forma periódica.
El festival benéfico de ayer domingo en Vista Alegre en beneficio del banderillero Adrián Gómez –tetrapléjico tras una voltereta inferida por un novillo el verano parado en la madrileña localidad de Torrejón de Ardoz- no ha contado, que se sepa, con ningún apoyo institucional. Exclusivamente la voluntad de los toreros. Y ha sido otro botón (de los muchos que configuran legión más que muestra) del grado de gallardía humana y sensibilidad acusada que envuelve a una familia más que “veintimillonaria” en número de espectadores anuales en España, más Francia, Portugal, México, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela.
Masivas manifestaciones son las corridas de toros en las que no existen tornos de entrada en sus accesos, ni cacheos, ni límites a la libertad de consumo sin que se produzcan incidentes, de ningún grado –menos mortales- ni en los recintos ni en los aledaños.
Pero incluso en su vertiente más benéfica, como ha sucedido en el festival de Adrián, la Administración (y las administraciones, ¿dónde estaba la Comunidad de Madrid que se lucra de mil millones de pesetas con su arrendamiento de Las Ventas? ¿Dónde está la foto en Vista Alegre de la autoproclamada aficionada D. Esperanza y su séquito parásito que son carne de flash en el callejón, de gratis total, de la Monumental madrileña), la Administración, repito, a la Tauromaquia no solo la desprovee de incentivos y promoción, además de desprotegerla ante invectivas fascistas de discurso único, si no que actúa más carroñera que nunca sin renunciar a su “impuesto revolucionario”.
El festival de ayer, aprendida la lección hace tiempo, ha tenido que burlar los gañafones y tornillazos del fisco que pretendían quedarse, una vez más, con la parte del león y sin arriesgar un alamar, y celebrarse bajo la constitución de una Fundación previa.
Solo así el éxito artístico y de público del festival ha podido ser total y cumplir sus objetivos : reparar en lo posible un drama, a punto de tragedia, de una familia, para al menos asegurarse una básica calidad de vida, esa que el Estado, por ser “toreros”, desprecia en su parca contemplación.
La tauromaquia, el torero, la Fiesta, han vuelto a dar a la hipocresía política y a la feble, amanerada y tibia sociedad una lección no solo de solidaridad si no de la más alta creación artística en imaginación: en a penas tres horas ha cambiado el falaz eslogan de “Hacienda somos todos”, por el de “todos somos Adrián”.
La verdad “en puntas” y más de un político, de los que se tildan de aficionados también “de cabeza al callejón”.
¡El torero es grandeza!, imbéciles.
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