José Manuel Cuenca Toribio | Miércoles 04 de marzo de 2009
No obstante el clisé convencional que hace de los españoles un pueblo acogedor y relativista, el juicio de los analistas y escrutadores más buidos de nuestra sicología colectiva difiere grandemente de aquel estereotipo. Es preciso reconocer que incluso en los tiempos actuales en que parece haber acaecido un verdadero cambio de piel en la personalidad hispana, acontecimientos relevantes y hechos cotidianos semejan confirmar el diagnóstico de los clásicos.
Así, el más agudo tal vez en el terrero aludido, Gracián, habló de la sequedad melancólica del español, atribuyéndola grandemente al determinismo geográfico de una nación de tierras broncas e inhóspitas. En efecto, en contrapunto con otros pueblos meridionales, como, por ejemplo, el italiano, en el nuestros son muy numerosos los sectores, los organismos y los individuos afanados por dificultar la existencia de sus conciudadanos o administrados. En algunas ocasiones, los cuerpos facultativos semejan haber transformado su naturaleza y funciones para presentarse como cuerpos dificultativos. Otras, municipios y alcaldías aparecen más que como gestores imaginativos y previsores de la vida de los ciudadanos, como distorsionadotes y entorpecedores de ella. Y, en fin, no faltan sino que abundan los hombres y mujeres comprometidos, a las veces, con arrebato, en hacer más espinosos el ya de por sí empinado camino de la vida. Basta subir a un tren o autobús un poco abarrotados para comprobar la delectación de ciertos compatriotas –o nosotros mismos- ponen en incomodar al prójimo. Tal vez sean nuestras instituciones las que en menor cantidad y vibración celebren los acontecimientos faustos de sus integrantes. Muy significativamente, una estadística de hace escasos años descubría que eran los españoles los jóvenes de Occidente en los que la experiencia militar había dejado más pesarosa huella. (Probablemente, otras encuestas corroborarían tal estado de ánimo en su contactos con organismo alejados del castrense).
Contra lo que cabría pensar, todo ello no dimana de una burocracia tentacular y desmañada, ni de una elevada y exigente concepción y práctica de los diversos oficios y menesteres de la res publica. La buena marcha de ésta requiere, lógicamente, el cumplimiento estricto de los deberes y cometidos asignados a cada una de sus múltiples piezas. Más ocurre que en nuestra patria la autoexigencia y asunción de las responsabilidades propias no suelen ser muy altas, en contraposición a la heteroexigencia y a la crítica del comportamiento ajeno. El suplemento o la sobretasa en el trabajo de los demás es juicio y práctica constante de los españoles.
Más, como decíamos, que en el humor mercurial de burócratas y autoridades, la raíz del mal se encuentra esencialmente en la envidia y en el escaso sentimiento de tolerancia implícito en aquélla. La envidia impide, v. gr., entre nosotros la expansión del sentimiento de amistad más vivenciado y difundido en otras naciones con hábitos quizás menos sociables en número que los arraigados en la nuestra. El atrofiamiento o la hetiquez de los lazos y relaciones auténticamente amistosos da lugar, a su vez, a un raquítico desarrollo de la noción y ejercicio de la solidaridad, lo que conducirá, en última instancia, al desdibujamiento del otro, individual o colectivo, principio y fin de un planteamiento y una realización fraternal o al menos no muy desagradable de la convivencia.
De ahí, por tanto, que merezcan todo el aplauso y la simpatía aquellas personas y colectivos que sin dimitir de su ética profesional y de su concepción del deber, se afanan por facilitar la vida de sus semejantes, interpretando y aplicando sin arbitrariedad ni discrecionalidad alguna, pero a escala humana, de hombres y mujeres con limitada capacidad en todo, reglamentos y leyes.
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