Hidehito Higashitani | Miércoles 04 de marzo de 2009
El escritor japonés Haruki Murakami recibió el premio Jerusalén –premio literario de más prestigio de Israel dotado de 10 mil dólares- con la asistencia del presidente israelí Shimon Peres en el acto celebrado en dicha ciudad el pasado día 15 de febrero
El premio fue creado en 1963 y se concede cada dos años a los escritores que hayan destacado con los temas de la libertad individual o de los problemas sociales y políticos de la actualidad. Entre la nómina de los galardonados se encuentra los nombres como el del dramaturgo estadounidense Arthur Miller, del filósofo británico Bertrand Russell y del poeta mexicano Octavio Paz.
Murakami es el primer escritor de lengua no europea que recibe este premio.
Murakami, autor prolífico con una docena de novelas largas –“La caza del carnero salvaje”, “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, “Kafka en la orilla del mar” por citar algunas- y una cuarentena de narraciones breves amén de un sinfín de ensayos y traducciones, ha sabido captar unas parcelas de la vida de la juventud japonesa de su generación con el tema de la alienación, la soledad individual y el vacío espiritual junto con el de la deshumanización de la sociedad actual japonesa. En sus obras se observa una fusión bien elaborada de lo real y lo fantástico y sabe crear un mundo novelístico peculiar que atrae principalmente a los lectores jóvenes. Sobre todo la publicación en 1987 de su novela “Noruwei no mori” –que significa literalmente “El bosque noruego”, título sacado de la conocida canción de los Beatles, y traducida al español con el título de “Tokio Blues”- constituyó un éxito editorial sin precedentes con unos ocho millones de ejemplares vendidos hasta la fecha
Los libros de Murakami están traducidos a 40 idiomas diferentes. En Israel existen once novelas suyas (“El bosque noruego”, “Kafka en la orilla del mar” etc.) traducidas al hebreo y su nombre es ampliamente conocido en el país.
Ahora bien, es fácil de suponer que para Murakami debía de haber sido una decisión algo penosa e incluso contradictoria acudir a la ceremonia de la entrega del premio en Israel, país que acababa de realizar una mortandad de mil personas –en su mayoría niños y ancianos- de la Franja de Gaza. Es sabido que Murakami ha venido defendiendo siempre a través de sus escritos la libertad individual frente al entrometimiento de las fuerzas de tipo social y político y en contra de la presión ejercida por ellas hacia un individuo,
De hecho hubo protestas y presiones al propio novelista por parte de una organización no-gubernamental japonesa pro-palestina para que no aceptara el premio alegando que eso significaría la postura de apoyo a la ofensiva de las fuerzas israelíes en la Franja de Gaza. Y también algunos grupos le amenazaron con origanizar una campaña de boicoteo de sus libros.
Sin embargo, finalmente Murakami decidió aceptar el premio y hacer su acto de presencia en Jerusalén. En su discurso pronunciado en el acto, el premiado explicó la razón de su venida a Jarusalén de la siguiente manera:
“Los novelistas no podemos confiarnos nada de lo que no hayamos visto con nuestros propios ojos ni de lo que hayamos tocado con nuestras propias manos. Por eso he optado por venir a conocer la realidad con mis propios ojos y he preferido hablar aquí en público a callarme sin venir aquí.”
Y a continuación refiriéndose aparentemente a lo que había ocurrido hacía escasos días en Gaza, pero con el habitual uso de metáforas muy característico de este autor, criticó de una manera muy eufemística la política israelí:
“Si existen, por un lado, una muralla alta y sólida y, por otro, un huevo que se estrella contra ella, por mucha razón que tenga la muralla o por muy equivocado que esté el huevo, me situaré en el lado del huevo.”
“¿Por qué? Pues porque cada uno de nosotros es, por así decir, un huevo, o bien un alma única encerrada en un huevo frágil. Cada uno de nosotros a veces está obligado a enfrentarse con una muralla alta e inquebrantable, que es el sistema que nos fuerza a hacer lo que ordinariamente no estaríamos dispuestos a hacer como individuos.”
Y concluyó su descurso diciendo:
“Nosotros no debemos dejar que el sistema nos controle y que nos forme nuestra personalidad. Somos nosotros quienes habíamos construido el sistema. No debemos permitir y dejar que ese sistema nos explote.”
Ya veremos de qué manera van a estar reflejados en sus futuras obras “lo que haya visto con sus propios ojos y lo que haya tocado con sus propias manos” en este viaje a Oriente Próximo. Y esperemos que su argumentación aparentemente bien explicada para aceptar el premio se compruebe a través de sus quehaceres literarios en un futuro no muy lejano.
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