Enrique Aguilar | Miércoles 04 de marzo de 2009
Es fácil criticar a quienes se encuentran debilitados y casi sin argumentos para defender una mala gestión. Ocurre con algunos gobiernos, ocurre también en el ámbito de las instituciones civiles. Unos se ensañan en la crítica y sus receptores hacen lo propio con quienes los cuestionan. Así las cosas, la dialéctica amigo-enemigo se impone y la política, que debería ser sinónimo de diálogo, cede espacio a la lisa y llana confrontación entre el oficialismo y aquellos que, indistintamente, se ven sindicados como opositores.
Puede pasar que a estos últimos, para decirlo en clave borgeana, no los una el amor sino el espanto. Distingamos al menos tres perfiles posibles. Están, por un lado, los que fueron de entrada opositores, los que nunca consintieron, los que mantuvieron un discurso coherente en el convencimiento de que las promesas electorales caerían en saco roto y de que el “modelo”, inconsistente en sí mismo, no se sostendría. Por otro lado, están aquellos que a poco andar recularon al percibir que sus disidencias no les dejaban margen para quedarse. Finalmente, cabe mencionar a los arrepentidos de última hora que abandonan el barco antes de que hunda. A algunos sólo parece importarles su salvación personal; se comprende, pues, que sus invectivas de hoy reemplacen a la ciega lealtad y a los panegíricos de ayer.Por lo demás, hablan como si nada hubieran tenido que ver, por acción u omisión, con las prácticas que ahora los escandalizan.
La reflexión me parece válida debido a la verdadera diáspora (la expresión ya es moneda corriente en Argentina) que se viene advirtiendo en las filas del kirchnerismo. Es de esperar, lo digo sin ironía, que entre los exiliados no haya quienes respondan al tercero de los perfiles trazados.
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