Opinión

Proyectando Odio

Laila Escartín Hamarinen | Miércoles 04 de marzo de 2009
Me contó muy entusiasmado un amigo sobre lo que había dicho un psiquiatra en una entrevista de El Mundo. El psiquiatra juraba que si leías su libro serías feliz. La fórmula mágica de la felicidad, según él, es la siguiente: salud y mala memoria. Mi interpretación: salud porque la enfermedad no es cosa feliz, y mala memoria porque así se podrá olvidar todo lo malo del pasado. Demasiado simple para mi juicio.

Querido lector, le propongo un ejercicio intelectual. Observe a las personas que todos los días tiene a su alrededor, y luego obsérvese a sí mismo. Pero hágalo con ojos de águila, con inteligencia cartesiana, con impiedad de un Nerón, y honestidad de un niño. Observe y analice. No tenga miedo. Sea duro y honesto consigo mismo. ¿Qué ve? Quizás vea mentiras, maldad, crueldad, injusticia, pereza, deshonestidad. Pero sobre todo, si mira muy atentamente a través de todo lo visible y obvio, verá debilidad encubierta. Somos débiles y frágiles, pero no lo admitimos. Si lo admitiéramos, lo amáramos y lo veneráramos (empezando por uno mismo), podríamos ser menos infelices.

En mi humilde e insignificante opinión es prácticamente imposible ser feliz a partir de la adolescencia. No sólo porque occidente se ahoga en crisis y a la mayoría de nosotros nos consumen las preocupaciones económicas; o porque el mundo se hunde en contaminación, guerras y espeluznantes actos de violencia; o porque los intereses económicos todo lo aplastan y la ultra-pobreza de la mitad del mundo nos acosa la conciencia.

Aunque fuéramos millonarios sería muy difícil ser feliz. ¿Por qué? Porque nuestro comportamiento diario está dominado y regido por obscuros acontecimientos que no recordamos (¿mala memoria, dijo monsieur le psychiatre?); porque nos enseñaron a exteriorizar nuestro malestar y culpamos a los demás de nuestra angustia (irresponsabilidad); porque proyectamos al exterior nuestro odio, nuestras frustraciones y tristezas (guerras, abusos domésticos y laborales, violencia callejera y mediática). Estamos mal de la cabeza, ¿cómo vamos a ser felices cuando maltratamos a nuestros hijos, padres, hermanos, amigos, empleados, conciudadanos, y ante todo a nosotros mismos? Además, como dice un amigo artista que siempre me hace reír (soy feliz por unos momentos): al final todas las teorías se prueban erróneas.

Quizás, lo mejor que podamos hacer para acercarnos un poco a la felicidad es mirarnos con honestidad y valentía, responsabilizarnos de nuestras emociones, pensamientos y actos, y recordar que somos frágiles y débiles como una caña de bambú (¿y flexibles?).

TEMAS RELACIONADOS: