Viernes 06 de marzo de 2009
Una de las primeras medidas que adoptará el recién elegido presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, será la derogación del decreto del gallego, que tanta polvareda levantó en su momento. Además, Feijoo permitirá que los padres elijan el idioma en el que desean escolarizar a sus hijos. Estos, a su vez, podrán dirigirse al profesor en gallego o castellano y realizar sus exámenes en cualquiera de los dos idiomas. O lo que es lo mismo, bilingüismo en estado puro.
Cuesta mucho encontrar un solo atisbo de insensatez en este conjunto de iniciativas y, sin embargo, ya hay voces que claman contra el ataque que el gallego está a punto de sufrir. Voces nacionalistas, naturalmente, que fueron ampliamente derrotadas en las urnas y que suelen valerse más del botellazo que de la palabra, cuando en frente tienen a alguien que aboga por el entendimiento entre dos lenguas que siempre han convivido pacíficamente. Cualquiera que vaya a Galicia podrá constatar que no existe el conflicto que intentó fabricar el BNG, con la aquiescencia del PSOE. Letreros en gallego, conversaciones en gallego y una vasta producción literaria en la lengua de Rosalía y Castelao que siempre ha formado parte del acervo cultural gallego.
El artículo 4º de la Constitución española equipara la oficialidad de castellano y gallego. Y eso es lo que pretende Feijoo, ni más ni menos. Si nos atenemos a sus palabras parece fácil implantar el bilingüismo. Y realmente lo es. Claro, que para ello hace falta liberarse del yugo ignorante y xenófobo del nacionalismo que, a día de hoy, supone el mayor obstáculo para la convivencia y el desarrollo social de quienes lo padecen. La propia Carta Magna reconoce, no sin acierto, la riqueza que supone para determinadas autonomías poseer una lengua propia. Feijóo se ha propuesto cuidar los dos idiomas de su Galicia natal. Y no deja de extrañar cómo semejante actitud puede rechinar tanto en ciertos ambientes progresistas. Si leyeran a Valle Inclán, o a Emilia Pardo Bazán, o incluso al excelso Camilo José Cela, a lo mejor se tranquilizaban un poco. Les iría bien un poco de lectura, a ver si así aprendían algo. “Las lenguas no están en guerra” –le recordó el Cardenal Richelieu hace siglos a un secesionista catalán que se disculpaba por no poder dirigirse al ministro francés en otro idioma común que no fuera el castellano.
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