Opinión

¿Toreros en crisis?

José Suárez-Inclán | Viernes 06 de marzo de 2009
Está llamando a la puerta la temporada taurina en media Europa mediterránea. Se afinan los clarines, se templan ya las cajas, con las últimas nieves y soles de febrero. Febrerillo loco, unas veces mucho y otras tan poco; loco febrero, detrás de los fríos busca la sombra el perro; febrero de los almendros y los hielos, febrero irregular como la vida, como los toros, que anuncia primavera antes de tiempo. En el umbral, la gran temporada o temporada grande —que no es lo mismo— aunque es este caso se podría dar una feliz coincidencia. Nada más hay que llevar la mirada al otro lado del charco y dejarla reposar hasta donde la vista alcance. Casi todos los aficionados, profesionales, críticos y cronistas de las fiestas de toros coinciden: esto está en alza, ha vuelto a resurgir desde hace dos o tres temporadas; está como no estaba hace décadas. Aletean aún desde las aguas altánticas los triunfos de los espadas y los indultos de los toros. Muchos triunfos, ¿demasiados triunfos? Mucho indulto, ¿demasiado indulto? Algunos han prolongado en la otra orilla, donde se muere el mar, faenas que en un cuarto de hora rememoran la belleza y muerte de la tierra. Una suerte de tiempo concentrado que explica, sin hablar, en precipitación de símbolos vivientes, el misterio sagrado de los siglos. Otros resucitarán con la tierra —como la tierra— en el esplendor de la primavera india y criolla. Han presentado su batalla en la ardiente Troya americana, buscando el sol, sin perderle los pasos al ocaso.

Una docena de príncipes tirios y troyanos, de espadas vestidos de oro, al brillo deslumbrante que separa la gloria del reposo, la luz de la sombra, la plenitud vital, de la muerte.

Miguel Ángel Perera; firmeza y voluntad, confianza templada sobre el toro y la herida; José Tomás Román Martín, taimado y silencioso, berroqueño y frágil como su tierra, doloroso y lejano; Julián López, El Juli, clásico y neoclásico, garbo y ciencia, torero de toreros y ganaderos; Enrique Ponce, caligrafía y estética mediterránea, sabio sabor del tiempo; Manuel Jesús “El Cid”; tesón de las muñecas; José Pedro Prados El Fundi, edad de acero, voz que se escucha desde lejos; José Antonio Morante de la Puebla, genio y figura, toreo roto y libre, toreo poeta; Sebastián Castella, misterio de metacrilato, aguante físico, valor metafísico; Cayetano Rivera Ordóñez, Ronda otra vez, detrás de la ciudad, detrás del mar, detrás del monte; Alejandro Talavante, un octosílabo (sonido de romance), esparto y látigo, rotura de querer, juventud cárdena; José María Manzanares, luz de noche, fulgor de Olimpia; Julio Aparicio, arte romántico del toreo, imperfección perfecta.

Están aquí. Y a su lado se juntan muchos más. Vuelven del mar. Saben que el viaje es la vida, y que la vida hay que torearla. Y matar la muerte. Son la gavilla heroica y extemporánea de los toreros, una camada irreductible, de humanidad intensa y extraña. Su vida es otra, su tiempo es otro. Tiempos heroicos, tiempos de la edad de oro, donde los pies aún pisan la arena y las manos tocan el cielo; donde no tiene sentido hablar de crisis.

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