Opinión

Las células madre y la libertad de investigación

Miércoles 11 de marzo de 2009
El levantamiento en EEUU de las restricciones al uso de fondos federales para investigar con células madre embrionarias ha puesto al presidente Barak Obama en el disparadero de grupos ultraconservadores. Pero no sólo en su país ha provocado ampollas esta decisión. El Vaticano se ha apresurado a mostrar su preocupación por lo que califican una actitud “profundamente inmoral y superflua”. A su rebufo, científicos de medio mundo han tomado partido por una u otra postura, sin que eso haya supuesto en muchos casos un conflicto con sus convicciones religiosas.

Mayoritariamente, dicha postura ha sido de apoyo. Y no es para menos. Lo que aquí se debate es la posibilidad de investigar con células madre, sencillamente. Nada se dice del aborto, ni del control de la natalidad, y menos aún de la clonación o diseño “a la carta” de seres humanos. Es, simple y llanamente, favorecer una investigación médica que puede tener consecuencias vitales en la curación de enfermedades como el cáncer o el Alzheimer. Y, por otro lado, sumamente respetuosa con la religión. Así lo han entendido cátedras de bioética de prestigiosas universidades católicas, favorables a los avances de la ciencia en éste y otros campos. Y es que toda esta polémica debería ventilarse en el marco de una discusión meramente científica, sin ribetes religiosos.

Con todo, sería deseable que Roma adoptase posturas menos rígidas. En el fondo, ellos mismos se contradicen cuando afirman que “el reconocimiento de la dignidad personal hay que extenderlo a todas las fases de la existencia del ser humano”. ¿Qué puede haber más digno que buscar el bienestar del prójimo? Pero además, está la libertad de cátedra y, por encima de ella, la libertad académica y de investigación. El principio científico del “libre examen”, con el que se opusieron médicos, profesores e investigadores españoles a quienes, en el último tercio del XIX, quisieron ahormar la vida académica a la enseñanza de una supuesta “verdad social” de España, en peculiar interpretación de la Iglesia Católica del momento. Esa libertad que la UNESCO define como “la libertad de enseñar y debatir sin verse limitado por doctrinas instituidas, la libertad de llevar a cabo investigaciones y difundir y publicar los resultados de las mismas, la libertad de expresar libremente la propia opinión sobre la institución o el sistema en el que se trabaja”. Libertad científica, pues, fuera de toda coacción dogmática. De cualquier de cualquier dogma y signo: libre también de los fanáticos que tienen un enfoque cerrado y prejuiciado sobre asuntos energéticos, al punto de “clausurar el debate” sobre la energía nuclear, precisamente cuando todo el mundo Occidental lo está planteando. Una actitud reaccionaria, en suma, que coloca al señor Zapatero lejos del espíritu científico y del Presidente Obama y mucho más cerca de Bush de lo que él desearía.

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