Opinión

La vergüenza torera y las Bellas Artes

José Suárez-Inclán | Miércoles 11 de marzo de 2009
Parece mentira. Yo creía que desde que le dieron el Nobel a Echegaray ya no había valleinclanes. Que ya nadie, entre las distintas familias profesionales, se molestaba en protestar por la estafa de la concesión de un premio. Que todos coincidían en que en un alto tanto porcentaje de los casos, el inmerecimiento, como el valor en la legión, se le supone al galardonado. Es común entre escritores, pongamos por caso, tertuliear con inusitada seguridad y aplomo sobre quién tiene reservado el próximo Planeta o Primavera (sólo son premios, aunque vayan en mayúsculas; los sustantivos importantes, los comunes, van en minúsculas). Idéntico caso he podio escuchar más de una y dos veces entre las gentes del cine, cuando hablan de los Goyas; o entre artistas plásticos, que se disuaden unos a otros ante la osadía de algún (no digamos alguna) incauto que se dispone a presentarse a un premio: “Ni te molestes, esta dado. Todo el mundo lo sabe. Si quieres te digo a quién”.

Y sin embargo, los toreros, los discretos toreros, esos hombres más o menos silenciosos y anacrónicos, que visten extraños atuendos de oro y juegan con un trapo a parar el tiempo ante un poderoso animal que los embiste dotado de un peligro mortal en forma de cuernos, la han armado. Le dan a Francisco Rivera la Medalla al Mérito en las Bellas Artes, y otro de ellos, José Antonio Morante de la Puebla —torero artista, controvertido y barroco— opina escuetamente: “es una vergüenza”. La polémica está servida, porque el galardonado, es hombre de prestancia, casó con una Alba, y su imagen frecuenta la pantalla doméstica. Su hermano Cayetano —torero que compone como nadie, ante los toros y ante los fotógrafos de las revistas— sale en su defensa y decide no alternar con Morante en los carteles. Nobleza obliga. Después, en carta del director de ABC, llega el desagravio público por escrito. Otra vez Cayetano. Pero era Martínez de Irujo. Al día siguiente el legendario matador retirado, Paco Camino, y el no menos legendario matador en activo, José Tomás, renuncian a sus respectivas medallas. Dicen en carta pública que lo hacen “por vergüenza torera”. Dos naturales y un desplante al mismísimo Ministro de Cultura como solo, hoy en día, los saben dar dos toreros: «Las medallas no las queremos tener entre tantos y tantos prestigiosos recuerdos y trofeos que sí que valoran nuestro Arte de Torear, porque con ello traicionaríamos el valor y sentimiento de los mismos». Los valleinclanes, los juanramones y los bergamines de antaño son los caminos, los morantes y los tomases de ahora. Son los artistas de siempre. Personajes únicos que se siguen tomando en serio un trofeo que premie las bellas artes. Hombres singulares, que valoran, hasta el dolor, el arte y la belleza. Los toreros.

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