EL IMPARCIAL | Viernes 13 de marzo de 2009
Hay asuntos que de vez en cuando se asoman a la actualidad como de improviso. En parte, porque la vida política suele tener cuestiones de mayor calado que requieren atención preferente. Tal es el caso de Gibraltar, prácticamente arrumbado desde hace ya tiempo. Todo ha surgido de nuevo con la polémica visita que la princesa Ana, hija de la reina de Inglaterra Isabel II, efectuó recientemente al Peñón. Esto hizo que el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, expresara su "rechazo e indignación" al Gobierno británico. Al mismo tiempo, PSOE y PP pactaban -lo cual es noticia- en sede parlamentaria una proposición no de ley para solicitar al Gobierno que "reanude e impulse" las negociaciones sobre la soberanía de Gibraltar con el Reino Unido.
No todo ha de ser crisis, paro y corrupción. La vida política, afortunadamente, tiene más vertientes que las anteriormente citadas. Y es verdad que si a día de hoy se hiciera una encuesta de los problemas que preocupan seriamente a los españoles, es probable que Gibraltar ni apareciese en la lista. Pero cada vez que se menciona el tema, hay un cierto sentimiento de unanimidad sobre un interés prácticamente generalizado en recuperar un pequeño espacio de tierra cuya soberanía correspondería a España según las Naciones Unidas. Mucho ha llovido desde que se firmase el Tratado de Utrecht de 1713 por el que se cedió el Peñón al Reino Unido. Desde entonces, “la Roca” ha ido evolucionando hasta convertirse en lo que es hoy, una dualidad entre anacronismo y paraíso fiscal. Sus habitantes, los “llanitos”, acumulan resentimiento por igual hacia Madrid y Londres, si bien en éste último caso les puede su lealtad e intereses hacia la metrópoli. Se quejan del olvido inglés y de las molestias españolas y reclaman el derecho a elegir su futuro sin injerencias externas. Salvedad hecha de los intereses españoles, no es una pretensión disparatada. Sin embargo, los gibraltareños deben reconciliarse con la realidad y comprender que la España de hoy ha dejado muy lejos aquel país atrasado y autocrático de hace sesenta años, para convertirse una democracia bien asentada y avanzada, la octava o décima potencia económica del planeta. Por ello, carece de sentido que irriten a su vecino con vertidos contaminantes o desarrollos urbanísticos ilegales. Deberían entender que no existe off-shore que pueda durar y prosperar, no ya contra, sino sin contar con la colaboración y comprensión del main-land. A todos interesa pero, sobre todo a los, gibraltareños. Por otra parte, prima el interés de Inglaterra y España en seguir manteniendo unas relaciones sumamente importantes, sin que un minúsculo reducto colonial pueda siquiera importunarlas. Eso es lo que cuenta.
TEMAS RELACIONADOS: