Antonio Hualde | Miércoles 13 de febrero de 2008
El sambenito que tienen determinados lugares hace que se conviertan en grandes desconocidos, por mucho que creamos saber de ellos. Como muestra, Israel. Política aparte, asomémonos a un país sorprendente.
Para empezar, Tel Aviv. Sin tener monumentos vistosos, llama la atención por su vida nocturna y su ambiente cosmopolita: Hayarkon street, con sus hoteles a pie de playa (playa, por cierto, con chiringuitos al más puro estilo "chill out" ibicenco) y restaurantes de todo tipo, bulle al atardecer. Es aquí donde uno toma contacto por primera vez con la realidad de las gentes de este país, y al punto surge una palabra: alegría. Cuesta creerlo, pero no hay como estar allí para ver que, puestos a elegir entre el temor a sufrir un atentado o derrochar ganas de vivir, aquí eligen lo segundo.
Seguimos camino a Jerusalén, donde perderse por la Ciudad Vieja es transitar por siglos y siglos de historia. También, el Monte de los Olivos. Al anochecer, desde allí oiremos al muecín de la mezquita de Al-Aqsa (con la dorada cúpula del Domo de Omar como testigo) llamando a los fieles a orar. O deambular por la Vía Dolorosa hasta llegar a la Basílica del Santo Sepulcro, destruida y reconstruida infinidad de veces. O enfundarnos una "kippa" e inclinar la cerviz frente al Muro de las Lamentaciones. Y todo emociona.
Pero también cabe lo mundano. Podemos optar entre recorrer el zoco, increíble, o las coquetas tiendas de Ben Yehuda street, ya extramuros. Y a pocos kilómetros, bañarnos en el Mar Muerto (con Jordania en la otra orilla). Imposible hundirse en el lugar más bajo del planeta: casi 400 metros por debajo del nivel del mar.
TEMAS RELACIONADOS: