Opinión

Humanimal

José Lasaga | Miércoles 13 de febrero de 2008
Las calles y parques de la ciudad están llenos de perros y cabe presumir que asimismo las casas lo estén de gatos, pájaros, hámsteres, peces y tortugas, incluso camaleones, serpientes o arañas. De vez en cuando, a las puertas de algún McDonald´s un reducido grupo de jóvenes de aire vagamente desnutrido sostiene pancartas invitando a que no nos comamos a nuestros hermanos animales. Todo esto es, seguramente universal, global, va con la civilización urbana tecno-industrial.


El fenómeno es interesante y sobrepasa las tradicionales relaciones de utilidad, aprovechamiento -para no decir explotación- y simpatía que la especie humana ha mantenido con el resto de las especies animales.


Ahora ha surgido algo nuevo en nuestro trato con los animales, que no sé bien como llamar: fascinación, embeleco, deseo de ser... animal.


Las distancias se acortaron con Darwin, y acaso más con Freud, gracias a su hipótesis sobre la influencia de un inconsciente primitivo, salvaje, pulsional sobre nuestro comportamiento. (Los neurólogos han confirmado, en cierto modo, esa intuición al descubrir que la parte más antigua de nuestra masa encefálica, a la que llaman "cerebro reptiliano", alberga los centros de placer y dolor). En fin, eso que no sé cómo llamar pero que se manifiesta como una gran cercanía a la vida animal -aunque en sus formas domesticadas- puede ser un síntoma de fatiga de civilización, de ganas de vivir sin normas y principios. Si es el caso, creo que deberíamos sentir cierta inquietud. El darwinismo nos convenció de que somos irremediablemente animales, aunque evolucionados, superiores, salvados por el progreso. Ahora que no nos queda ese consuelo, parece llegado el tiempo de sentir envidia de la vida animal. Quizá el paraíso de Adán y Eva, antes de la ciencia y el pecado, era eso, feliz animalidad, humanimalidad.

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