Domingo 15 de marzo de 2009
Ayer se cumplía el primer aniversario de los sangrientos disturbios que tuvieron lugar el pasado año en Tíbet, en los que perdieron la vida decenas de personas. Nunca se llegó a saber la cifra exacta, ya que la libertar de prensa no es precisamente uno de los fuertes del gobierno chino, pero sí se supo que el ejército actuó con una violencia extrema. Lejos de ser un hecho aislado, el suceso originó más de un quebradero de cabeza en Pekín, que veía cómo su imagen exterior se deterioraba a marchas forzadas. Las autoridades chinas llegaron incluso a temer que una nueva oleada de protestas a favor del Tíbet enturbiase el enorme escaparate mundial que suponía la celebración de los Juegos Olímpicos en territorio chino. Y de hecho, el recorrido de la antorcha no estuvo exento de polémica.
Hoy, un año después, reina el silencio en la capital tibetana, Lhasa. De ello se han encargado las autoridades chinas, preocupadas en reprimir cualquier mínimo atisbo de protesta. Es peligroso manifestarse ante la oposición del ejército chino y sus métodos. Los tibetanos viven sojuzgados por el yugo de Pekín, pero cada vez que han alzado la voz lo han pagado con su vida. No hay que olvidar que China es una dictadura comunista y en este tipo de regímenes no suelen gustar mucho las voces discordantes. Pero, por desgracia para los tibetanos, China es además la fábrica del mundo y su industria es uno de los motores principales de la economía mundial. Al mismo tiempo, es también una potencia mundial con veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Cuesta plantarle cara. Ese es el drama del pueblo tibetano. Un drama que, a día de hoy, no presenta visos de solución.