José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 16 de marzo de 2009
En España siempre falta alguien en la hora de los homenajes y las conmemoraciones. Con pesarosa frecuencia en las inauguraciones y estrenos acostumbran a estar ausentes los hombres y mujeres que más se han afanado porque tal día llegue en plenitud y esperanza. Tales ausencias obedecen en ocasiones a una loable voluntad de ascesis y huída de las vanidades del mundo; pero por lo común responden a omisiones culpables y olvidos voluntarios. Las cartas que nos llegan son invariablemente las que no se envían y en estos tiempos robotizados los errores de Secretarías y secretarias se reparan con diligencia por los ordenadores. Rencores y envidias encuentran en los días de fasto o evocación de las figuras de proa una oportunidad singular para saciarse con fácil impunidad al abrigo de inevitables fallos de organización o urgencias de último momento. La generosidad y el talento reciben así una ofensa que sólo un historiador bien informado podrá subsanar, ya en el futuro…
Muy escasas son las instituciones que se encuentran en nuestro país a salvo de esta clase de agravios. Lápidas y discursos silencian por lo general el nombre de los verdaderos artífices de la obra resaltada. A las rememoraciones de los grandes maestros y creadores de escuela rara vez asisten u ocupan el lugar debido sus discípulos predilectos, portadores de su legado en las etapas difíciles, de inesquivable travesía, ¡helas!, en España; y al poner la última piedra de algún empeño ambicioso los pioneros se ven de ordinario pretéritos. Ni siquiera las instancias supremas, representantes del interés nacional, se hallan libres de tan lamentable proceder. Pocas efemérides más abrillantadas y gozosas de la democracia que la del 1 de marzo de 1986, en la que nuestra patria hizo su entrada en la Comunidad Europea, meta de sus mejores energías e ilusiones a lo largo de varias generaciones. Por sectarismo del entonces titular del Ministerio de Asuntos Exteriores o por indiscutible negligencia u obcecación del gobierno socialista, uno de los hombres que más habían contribuido al coronamiento de tal empresa histórica, Alberto Ullastres, antiguo responsable de la cartera de Comercio en los años de la estabilización y del asombroso despegue del desarrollo, no se contó entre los participantes del solemne acto. En otra fecha áurea del reciente pasado, la clausura de los Juegos Olímpicos de Barcelona, un inexplicable vacío depositó unas gotas de acíbar en el contento de alguno de sus asistentes más relevantes. En la misma Cataluña y en una esfera en que, junto a la cultural, con mayor refinamiento se cultiva la planta del olvido, la de la política, las volatinerías cuando no las vilezas de ciertos sectores por conseguir, en nombre del nacionalismo, la damnatio memoriae del Presidente J. Tarradellas revela la profundidad que el fenómeno puede alcanzas en el temperamento y en la vida española.
En efecto, tal propensión descubre uno de los rasgos menos atrayentes del carácter hispano. La incapacidad para acometer empresas colectivamente provechosas, la proclividad a la discontinuidad y el desprecio por el sacrificio y la inmolación silenciosos encuentran en él su principal fuente. Cuando un hábito está tan arraigado y recoge tan generalizado respaldo o complicidad en la sociedad no cabe dudar en registrarlo como característico de su comportamiento histórico. El progreso amasado siempre con lealtad histórica y sentido de la continuidad, pierde así eslabones esenciales de su cadena. Los adanismos y rupturas de los que tan pródiga cosecha pueden allegarse en nuestro ayer inmediato, sólo podrán superarse con una conciencia más viva de la solidaridad institucional y colectiva de la que hemos hasta el presente evidenciado los españoles. ¿Poseen las generaciones juveniles una sensibilidad más alertada frente a esta gran tara de la vida pública nacional? Azaroso es calibrarlo. Sin embargo, creerlo quizás no sea un acto por completo voluntarista.
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