Enrique Arnaldo | Jueves 19 de marzo de 2009
Nadie hasta la fecha como Francisco González, Presidente del BBVA, ha definido la situación en la que España se encuentra: VERDADERA EMERGENCIA NACIONAL. La receta que aplica ante este diagnóstico irrefutable es que “nuestro país necesita un ACUERDO NACIONAL, un gran contrato económico y social para afrontar nuestros graves problemas inmediatos y para avanzar hacia un muevo modelo económico”. Si no lo hacemos así -con el esfuerzo, el sacrificio y la implicación de todos- la recesión será tan larga, doliente y agravada que nuestro empobrecimiento hará irrecognoscible a nuestro país.
Por supuesto, el Gobierno no se da por enterado. Sigue subido a la grupa del optimismo antropológico apaletado y dormitando en su voluntarismo inane. Cree que esto es una partida de parchís y su incapacidad de decisión puede arrastrarnos al suicidio económico colectivo. Todavía piensa el busto parlante que es una coyuntura que pasará en pocos meses, sin oler que le va a arrastrar si no es capaz de alzar sus miras de la mocropolítica.
Sr. Zapatero, la situación es crítica. No sólo en el ámbito financiero, ni únicamente en el engordamiento de las cifras de desempleo. Es mucho más profunda y dramática. Es una crisis de modelo (no, como le gusta decir a alguno de los aplaudidores, del capitalismo) de ordenación político-económico y social de España. Estamos inmersos en una acelerada recesión, y ante situaciones excepcionales, las medidas han de ser también extraordinarias. El partido que representa no es capaz de hacerlo sólo. Esto es obvio. Como con acierto afirma Francisco González, la emergencia nacional requiere un gran concierto nacional. No le llamemos Pactos de la Moncloa segunda edición. Denomínelo como quiera pero olvídese del cortoplacismo y de dar satisfacciones al izquierdismo de salón o de calle.
No me gusta ser aguafiestas y odio el pesimismo, pero tiene razón el Premio Nobel de Economía Paul Krugman al advertir que a España le esperan 5 o 7 años muy dolorosos. Y serán muchos más si no se alcanza un concierto nacional que comportará, sin duda, medidas muy drásticas y hasta muy impopulares.
El Estado compuesto y fragmentado –deconstructor del mercado nacional y de la igualdad de oportunidades- es presupuestariamente inviable e insostenible. La elefantiasis administrativa multiplicadora del gasto sustrae tal cantidad de recursos productivos que no es mantenible. La austeridad y el recorte de no menos del 30 o el 40 por 100 del gasto público es mejor plantearla hoy que mañana. Hay que congelar la oferta de empleo público en todas las Administraciones, incentivar los abandonos voluntarios con compensaciones, desde luego, menos generosas que las de la tele pública; eliminar los coches oficiales, los servicios de publicaciones oficiales, los centros públicos de formación. Hay que fusionar organismos, Consejerías, Ministerios, fundaciones públicas, Agencias y probablemente también Universidades. Hay que pensar en la aplicación de técnicas de copago en la Educación y en la Sanidad, al menos.
Desde luego hay que flexibilizar el régimen jurídico de las relaciones laborales, limitador de la contratación. Habrá que reducir a la mínima expresión los sindicalistas liberados, un privilegio de otra época. Hay que cambiar entero el INEM, que vive todavía de espaldas de las ETT´S.
Nuestra dependencia energética del exterior es del 85 por 100. Es un auténtico disparate, que nos sitúa en inferioridad de condiciones con los Estados con los que competimos. Llevamos un retraso de quince años en el ámbito de la energía nuclear, mucho más intensiva en la generación que todas las plantas de renovables que se han instalado, y con un coste inferior.
Para qué hablar de la reforma fiscal y de la reforma del reparto desproporcionado de las cuotas de la Seguridad Social, o del colapso regulador con multiplicación de normaciones superpuestas.
Me quedo corto, pero, por el momento, no quiero asustar más. Basta ya de lugares comunes, de falsas promesas, de engaños. Hace falta liderazgo para sentar el concierto nacional, y urgente, pues la situación no admite dilaciones.
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