William Chislett | Sábado 21 de marzo de 2009
Barack Obama ha acertado en hacer a Turquía el destino de su primer viaje bilateral a un país europeo. El nuevo inquilino de la Casa Blanca visitará el país musulmán y candidato, tal vez eterno, para ser miembro de la Unión Europea, el 6 de abril al término de la cumbre del G-20 en Londres, la cumbre conmemorativa del 60º aniversario de la OTAN en Estrasburgo y Khel y una reunión en Praga con los líderes de la UE. Obama ha aceptado la invitación para participar en la segunda reunión del Foro de la Alianza de Civilizaciones en Estambul, la iniciativa creada en 2005 por Recep Tayyip Erdogan, el primer ministro turco, con el apoyo de José Luis Rodríguez Zapatero y luego de las Naciones Unidas, para intentar estrechar el foso abierto entre Occidente y el Islam a raíz del 11-S. Zapatero y Obama se verán ‘de cumbres’ cinco días seguidos y pasarán mucho mas tiempo juntos que Zapatero había pasado en los cinco años anteriores con George W. Bush.
La Administración de Bush siempre ninguneó, cuando no menospreció, la Alianza de Civilizaciones (tal vez por ser identificada con Zapatero, su bête noire). Personalmente, creo que la Alianza sirve para muy poco; es algo políticamente correcto y difícilmente uno puede estar en contra pero, como dijo The Economist en un editorial, es “nebuloso.”
La visita de Obama a Turquía refleja su declarado propósito de tender puentes de diálogo hacia el mundo musulmán, y no hay mejor país para comenzar esta iniciativa. Aún con todos sus defectos que no son pocos (en derechos humanos y en la intervención del poderoso establishment militar en la política, por ejemplo), Turquía es la nación musulmana más democrática y desarrollada, y desde este año es uno de los países con los que España mantendrá una reunión de alto nivel anual como las que ya mantiene con Italia, Francia, Alemania, Portugal, Polonia y Marruecos. Madrid ha tejido relaciones privilegiadas de confianza con Ankara. Parece que Turquía es de los pocos países donde las políticas de Madrid y de Washington coinciden plenamente.
Sucesivas administraciones americanas han venido presionando para que Turquía ingrese en la UE, como forma de anclar al país definitivamente en el bloque occidental y satisfacer sus propios intereses geoestratégicos. Y esto podría ser aún más importante para Obama, dada la situación inestable en el Medio Oriente. No hay que olvidar que Turquía comparte fronteras con Irak y con Siria, entre otros países. Tanto los socialistas como el Partido Popular (bajo Aznar) también apoyaron activamente el ingreso de Turquía en la UE, uno de los pocos temas de política exterior donde existe lo más parecido a una política de estado.
El mundo árabe da pena cuando se compara con Turquía (no hay mayor ofensa que llamar a los turcos árabes; no lo son). El articulo del historiador y orientalista Bernard Lewis en el último número de Foreign Affairs ilustra bien el estado penoso de este mundo que ha malgastado su riqueza petrolera. Durante los últimos 25 años el PIB per capita de este mundo ha caído en términos reales. En 1999 el PIB de todos los países árabes de 531,200 millones de dólares era menor que el de España. Hoy, las exportaciones no petroleras de esta zona (con una población de unos 300 millones) son menos que las de Finlandia (cuya población es de 5 millones). Y un largo etcétera.
Y para qué hablar de sus nefastos sistemas políticos o de la condición de la mujer. En comparación, Turquía es un país sumamente desarrollado: tiene elecciones libres, una economía diversificada, las mujeres han podido votar desde 1934 y traduce al turco más libros al año que todo el mundo árabe.
Obama, sin embargo, no lo tiene fácil con Turquía por varios motivos. El nivel de anti-americanismo es altísimo, debido, principalmente, a la invasión de Irak y al apoyo desproporcionado de Washington a Israel en su política hacia Palestina.
Hay un tema espinoso en el horizonte que puede arruinar una luna de miel entre Obama y Erdogan: una posible condena por el Congreso americano del genocidio armenio (en 1915), lo que enfurecería el Gobierno turco. En mi opinión, no está probado que la masacre turca de armenios fuese genocidio (los dos términos no son iguales). Es un tema vivo en mi propia casa: mi esposa es, en parte, armenia.
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