Pedro J. Cáceres | Domingo 22 de marzo de 2009
Valencia y Castellón han echado la persiana. Con pocas turbulencias, ambas, en cuanto a oscilaciones de valores taurinos ya establecidos. De cara a un futuro inmediato cada uno queda en su sitio.
Ponce, como gran triunfador. Tiene el plus a su favor, cara al público y al aficionado, en que su magistral faena al toro de Garcigrande la vieron cerca de un millón de espectadores entre los de casa (Valencia), Andalucía, Castilla la Mancha y más de media España taurina a través de los operadores de satélite, que –y no hemos hecho más que empezar la temporada- en sitios como la Comunidad de Madrid sustituyen a los dos juguetes en forma de canal televisivo de D. Esperanza Aguirre que sin embargo no renuncia a embolsarse todos los años 1.000 millones de las antiguas pesetas a costa del toro sin más reversión que ladrillos y cemento -en constantes reformas de la plaza- aliviando el presupuesto de Patrimonio que es a quien correspondería. Vamos, en el tipo de la casa: le va más un constructor que un torero.
Visto lo visto en el Levante español, la televisión, de forma indiscriminada y total, es la que está pidiendo a gritos José Tomás para que su toreo clásico y profundo, exquisito y elegante, de empaque y composición, de verdad serena, oliendo a cloroformo lo justo o menos, tenga mayor y más sólido quórum que el tomasismo militante que parece perder vigor (como los paisanos de a pie o Antena 3 y Telecinco, los telediarios de la 1, también) cuando no hay volteretas, sangre, o cercanía de drama en fase de tragedia. Es período, pues, más que de mutación de vuelta a los orígenes que catapultaron su prestigio entre la profesión, crítica y aficionados aglutinando un ambiente popular “in crescendo” basado en un extraordinario torero frenado en seco el día que trocó, voluntariamente –solo o en compañía de otros- en un apunte de genio extraterrestre; mixtura entre lo heroico y lo kamikaze. Facturas que se pagan a 30,60 ,90 o 180, o más, pero que al final se pagan.
Es el caso de El Juli, maduro y muy hecho, consolidado como gran figura y un seguro de éxito cada tarde pero de eco discreto, tal que en Fallas. Por que mientras se agotan, hasta hacerse tópicos, los calificativos de la crítica: firmeza, seguridad, rotundidad, mando y dominio absoluto, tiene como asignatura pendiente volver a ganar “la calle”: “el pueblo”. Como en sus inicios, pero con sus argumentos de hoy como torero cuajado y no como púber avanzado en tauromaquia, casi prodigio. No es difícil: De él depende. Es solamente volver a abrirse a la sociedad común y civil, sin renunciar a su evolución como gran maestro.
Castella es otra de los toreros cuya proyección como figura para todos los públicos dejó a mitad de camino optando por la tauromaquia asceta. Su obsesión por satisfacerse a sí mismo, ¡a puro cojón!, más que depurar el arte de torear, no le ha valido para que su esfuerzo de Valencia haya repercutido, social y taurinamente, más allá de las dos de la madrugada del domingo de autos al lunes en que concluyen los programas radiofónicos taurinos de cabecera. Era la tarde que toreaba J.Tomás, y se cambiaron los papeles con nulidad de repercusión: el arrimón de Castella sí le hubiera valido al de Galapagar para cortar la segunda oreja, poner su carga dramática y activar los resortes de las televisiones en su plano más sensacionalista. Y las suaves, ligadas y templadas faenas del madrileño, en manos del francés, le hubieran valido a éste para ampliar el concepto único con el que hoy se le define: valiente, ¡muy valiente!, poco más. El grado admirativo de “suicida” y poner en valor positivo el aislamiento social está hipotecado, en exclusiva, por su “tronco” y colega: “bienaventurados mis imitadores por que de ellos serán mis defectos”. Barbas a pelar, para que otros, Talavante, por ejemplo, pongan las suyas a remojar.
Manzanares ha comenzado, taurinamente, con mucha tibieza, e igualmente está en ese momento, peligroso, que parece ser moda (¡dónde va Vicente….!), obviando pasear por la calle mayor, atestada de gente, sus tardes de triunfo, que palian otras grises como las de Valencia y Castellón, para pasar y posar por el reducto selectivo de un supuesto glamour que tiene como prioridad su masculinidad belleza antes que su renacentista tauromaquia apuntalada en un valor natural y una elegancia innata. Ese es el campo acotado –sin rivalidad posible- para Cayetano, cuyo toreo, técnicamente, no evoluciona; dejándole su coraje, raza y genética a merced de los animales, para que en días en que la Providencia está de guardia, la medalla sea de oreja incruenta, antes que sangrienta de cornada pregoná.
Atalaya vedada incluso para su hermano Francisco y también para El Cordobés: los ¿mediáticos?, cuyo espectro público es más amplio y heterogéneo, de mayor empatía y menor sofisticación, argumentos para corta ambos una oreja, en Fallas, de Pueblo, y a plaza llena. (¡Ojo!, Pueblo, así, con mayúsculas. Respeto, al público y a los toreros).
Valga el diagnóstico par El Fandi, que cambia lo mediático por lo espectacular. Fue el único torero, tras Ponce, en cortar dos orejas de un solo toro. En Castellón, parece, se contagió de la asepsia de El Cid y Manzanares, para que pasara nada: ni bueno, ni malo.
Poco van a mover estas dos ferias levantinas. Sin que las sorpresas agradables del debutante Ruben Pinar y el doctorado Abel Valls vayan a romper moldes; si salen con ambiente favorable que tendrán que revalidar tarde a tarde, cada uno en su línea de la parrilla de salida y a marchetas diferentes. Ni perdedores en Fallas, ganadores en Castellón, caso de Bolívar, pasen de ese empate que les instala permanentemente en el cliché de carteles y ganaderías, como asumido lo tienen sus compañeros de terna de la corrida de la feria (Victorino) Ferrera y El Fundi que cada día se afirman más en su espectáculo y su maestría en tal registro.
Como contrapunto, si acaso hay un torero que haya podido subir “el papel” de su cotización, en cuanto a animar su bolsa de contratación, más que caché, es Aparicio con su actuación fallera.
El arte, solo rezumar, puede valer media vuelta a España toreando, más que para algunos dos orejas en Las Ventas.
Y Perera. Contestando a las empreass de valencia y Sevilla, empieza arrollando, como terminó 2008. Primero fue Olivenza, el sábado Almedralejo, y en la última de Castellón, cuatro y rabo. Además, es humano, próximo, cercano, firma autógrafos, concede entrevistas y no se esconde. Da la cara, en la plaza y en la calle. Así pronto será ídolo de masas, querido y apreciado por el pueblo.
Es como comenzó, y así sigue Ponce. Despues de 20 años.Y al parecer no le va mal. De luces y de pasiano. De torero y de civil. Como artista y como hombre.
Los toros son algo más que dos horas y media de espectáculo y derechazos y naturales. La sombra de la corrida y sus circusntancias es alargada, y se proyecta más allá del redondel.
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