Jon Juaristi | Martes 24 de marzo de 2009
Los chaveas del PNV se me alborotan por haberles recordado que su partido participó, en los siniestros años treinta, del gusto por cierta simbología, digamos, fascista. Este asunto me aburre hasta lo indecible. Sobre todo, por lo trilladísimo que está. Ahora salen con que el lauburu o esvástica lobulada vasca es un símbolo pagano muy anterior al nazismo. Sí, pues, cabritillos míos, ¿quién dijo lo contrario? La esvástica es un símbolo todo lo antiguo que se quiera, y además muy repartido por el mundo. Hay esvásticas en el Tíbet, en Vascolandia, en Asturias Patria Querida, e incluso he visto una, tallada en un pedrusco, en el corazón de Israel. Todas ellas anteriores al nazismo.
Pero su uso como símbolo político por el nacionalismo vasco no es anterior al nazismo. Los primeros que sacaron a pasear la esvástica como símbolo de una identidad racial fueron los ariosofistas austriacos, una banda de ocultistas más o menos influidos por las tonterías de madame Blavatsky, y de ellos la tomaron los nazis, a comienzos de los años veinte. Para consuelo de las nuevas camadas del PNV, fue Baroja el primero en observar que también los vascos la tenían en reserva, y los de ANV, que eran muy barojianos, la tomaron por distintivo. Eso no quita que el PNV y, en particular, sus juventudes, hicieran un uso exhaustivo de la misma durante el período republicano y aún después. Generalmente, la diferencia con la esvástica nazi se explicaba con el argumento de que las patas de una y otra iban en direcciones contrarias. Según de dónde soplase el viento.
Hombre, lo que es por mí, si se les antoja, que se la hagan tatuar en la pechuga. Pero que tengan claro de cuándo viene esa moda. Sus tatarabuelos se mataban por la cruz de Borgoña y se colgaban del cuello escapularios con el Corazón de Jesús, como los chuanes, pero no bordaban lauburus en sus banderas ni en sus boinas rojas o blancas, aunque las tallasen en las vigas de sus caseríos, ignorantes por completo de su origen pagano. Para que un montón de vascos empezaran a triscar detrás de las esvásticas tuvo que llegar Hitler e inventarse un paganismo de masas. En fin, ya sabemos como acabó la broma. Otro día, si es el caso, hablaremos del antisemitismo de Sabino Arana y de José Antonio Aguirre, que también da para un cursillo.
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