Miércoles 25 de marzo de 2009
Se cumple un año desde que los narcoguerrilleros colombianos de las FARC perdiesen a dos de sus más carismáticos líderes, Manuel Marulanda y Raúl Reyes. Lejos de hacer autocrítica o de reflexionar acerca del uso de la violencia, no se les ha ocurrido mejor idea que la de lanzar un alegato a favor de la “combatividad” para celebrar semejante efemérides. De Manuel Marulanda, “Tirofijo”, puede decirse que fue uno de los principales responsables del baño de sangre que padece Colombia desde hace ya demasiados años. Igual que de Raúl Reyes, con cuyo abatimiento las fuerzas armadas colombianas consiguieron un triple objetivo: lo primero, avisar a sus más que cuestionables vecinos -Chávez en Venezuela y Correa en Ecuador- que por mucho que cobijasen a terroristas en suelo ajeno, Colombia no se detendría, si de salvaguardar sus intereses se trataba; en segundo lugar, lanzaba un inequívoco mensaje a las FARC, en el sentido que desde Bogotá no iban a tolerarse santuarios en el extranjero; y, por último, les demostraron que eran capaces de llegar hasta su cúpula.
Pero además, la liberación de Ingrid Betancourt hizo que el mundo supiera de su trato “humanitario” para con sus rehenes, cautivos en condiciones infrahumanas. Delincuentes, asesinos, secuestradores y traficantes de drogas; eso son la FARC. Aunque desde Managua y Caracas, Daniel Ortega y Hugo Chávez los consideran “hermanos”. Menuda familia. En cualquier caso, que semejante reducto de delincuencia siga vivo en pleno siglo XXI es una pésima noticia. Lo peor es que aún hay quien justifica lo injustificable, intentando enarbolar la bandera del “Che” Guevara y su lucha revolucionaria. Revolución es lo que haría falta en Cuba, pero democrática. Y en el resto de América Latina, estabilidad: democrática también. Una receta que pasa por erradicar a narcotraficantes y terroristas como las FARC. Por mucho que haya quien los defienda.
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