Mariana Urquijo Reguera | Sábado 28 de marzo de 2009
El otro día una amiga me dijo "hazme una perdida". Así escrito, todo el mundo pensará que se trataba de lo que antes se llamaba un "llama cuelga", expresión en la que encontramos otra variante: "hazme un cuelgue", y en un momento de absurdo vital, le vi la parte oscura a esta frase tan cotidiana.
¿Cómo podía ser que mi cara amiga me estuviera pidiendo que "la perdiese", como si en esta sociedad de costumbres liberadas pudiese una no estar ya perdida, según el juicio de la costumbre tradicionalista? ¿Y si se lo hubiera dicho a un hombre? Sería una clara declaración de intenciones, de la perdición propia del amor y sus variantes.
Y si, estamos perdidos, pedimos que nos hagan "una perdida", como un grito de auxilio para salir de las cárceles en las que vivimos o bien, para perfeccionarnos en la liberación de nuestros prejuicios y ataduras, un: "ayúdame a perderme un poco más".
Y no quiero decir que la tecnología sea la que nos pierda, aunque "nos pierden los móviles" (otra acepción de perder que encontramos por el camino: es una forma de gustar, de que algo te encante... la atracción del vicio al fin y al cabo) aunque sí es verdad que los móviles ayudan a la picaresca en las relaciones y al "libertinaje de las costumbres", más allá del lenguaje. Hoy, como siempre, nos encanta el vicio, nos pierde perdernos.
Aunque en realidad, ¿cuándo no hemos sido libertinos, cuándo hemos estado "encontrados de nosotros mismos"? Vivimos perdidos y más que encontrarnos, buscamos que alguien nos encuentre, nos quiera, nos ame y viceversa. Y entre tanto, un poco de vicio, o mejor dicho: vicios, que cuantos más y más diversos, más divertido y rico.
Hoy la Iglesia se retuerce ante la posibilidad de que una chica de 16 años aborte, y eso en parte, porque quiere decir, valga la obviedad, que a esa edad ya disfrutan del sexo que tanto horroriza al clero y amigos; pero si ustedes leen La Celestina, verán que las chicas de vida alegre no pasaban de los 15 años. Que Melibea y Calisto eran unos niñitos comparados con las mozuelas y mozuelos que hoy disfrutan libremente de su sexualidad.
Y sí, los tiempos cambian y parece que todo está en revolución constante, pero hay cosas que nunca cambian, aunque Foucault se haya demorado en contarnos cómo cambian los matices y sobre todo, cómo cambia el lenguaje para referirse a lo de siempre. Cambia el lenguaje porque cambia la manera en que las sociedades juzgan y consideran ciertos aspectos de la vida. Y vaya si cambia, a la petición de "hazme una perdida", habrían condenado a la libertina y a la o el auxiliar de libertina en cualquier sociedad occidental hasta hace poco más de 40 años.
Así las cosas, los hechos son los mismos, cambia la forma de juzgarlos y de hablar de ellos. Lo que ha cambiado es que ahora ya no se estigmatizaría a estas chicas, y eso es lo que fastidia a la Iglesia, que la hipocresía del hacer y ocultar, del hacer lo que se quiere y ocultarlo, sí que ha cambiado, y hoy a nadie se defenestra por vivir libremente su sexualidad, y en poco tiempo, tampoco se penalizará que una mujer aborte como ya no se mira mal a quien tiene relaciones con personas de su mismo sexo.
¿Novedades? En los hechos pocas, en las apariencias muchas, porque si en algo ha cambiado la sociedad española tras la ley de los matrimonios homosexuales y en breve, un paso más, con la reforma del aborto, es en que ya no es necesario aparentar ni mentir con supuestos y eufemismos absurdos. Y ahora los que "malquedan", son los que mantienen un lenguaje, unos disfraces y unos juicios anacrónicos, no los que viven y disfrutan "perdiéndose" e intentan llevar su vida, lejos de las imposturas, sin necesidad de apariencias hipócritas, buscándose y sí, perdiéndose, con gusto, sin ocultarse, con dignidad.
TEMAS RELACIONADOS: