Octavio Ruiz-Manjón | Jueves 14 de febrero de 2008
Los príncipes de Asturias han inaugurado esta semana, en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, una exposición que se titula "España 1808-1814. La nación en armas". Se trata, probablemente, de una de las iniciativas más ambiciosas entre las muchas que van a jalonar el año en el que se conmemora el segundo centenario del inicio de la guerra de la independencia.
La conmemoración, y el mismo uso de la palabra nación, no deja de ser azarosa en los tiempos que corren, pero no deja de ser estimulante de que una exposición con ese título haya podido hoy abrir sus puertas y, sobre todo, que el acto haya recibido el respaldo de la propia Casa Real.
La exposición, de la que es comisario Juan Francisco Fuentes, integra con inteligencia los aspectos estrictamente militares del conflicto con los de la intensa movilización social que la convirtió -en expresión ya consagrada entre los historiadores- en una de las primeras guerras nacionales de liberación del mundo occidental.
En cualquier caso, uno de los elementos más llamativos de la exposición no hace referencia directa a aquel conflicto sino al recuerdo que de él quedó entre los españoles. Al final del recorrido se muestran una serie de carteles en los que se ve que, durante la guerra civil, ambos bandos apelaron al recuerdo de 1808.
España no era de ningún bando y, de la misma manera que los sublevados hablaban de salvar a la nación, el bando republicano vio en 1808 el ejemplo de la lucha contra el invasor. Una forma de denunciar el apoyo de los regímenes totalitarios al bando sublevado.
Un cartel del Socorro Rojo ponía a Daoiz y Velarde como ejemplo de "sacrificio de la vida antes que la invasión de la patria", y el Mundo Obrero del 2 de mayo de 1938 titulaba su primera página: "!Viva España¡ ¡Viva la República!"
Un grito que, lamentablemente, le puede hoy parecer incomprensible a algunos.
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