José Varela Ortega | Miércoles 01 de abril de 2009
La retirada de las tropas españolas de Kosovo ha levantado una polvareda mediática tan inconveniente para la imagen diplomática de España como oportuna para la reflexión. La verdad es que la perplejidad debería empezar por el motivo de haberse dilatado tanto el repliegue español, toda vez que esta antigua provincia serbia, hace ya más de un año, había declarado unilateralmente su independencia. Situación no reconocida por España –con el apoyo abrumador de la Cámara- precisamente por la cuestionable legalidad de una operación que, entre otros extremos, podía constituir un precedente indeseable, prestándose a comparaciones enojosas fáciles de imaginar. Así las cosas, carecía de sentido que un país participase en una misión internacional que se desarrollaba en un territorio al que no reconoce. Hasta ahí –y puestas banderillas de tiempos- nada que objetar.
Sin embargo, España también es miembro de un pacto defensivo que, como la OTAN, conlleva el desempeño de misiones militares, por ejemplo, en Kosovo, donde efectivos españoles venían operando desde hacía una década dentro del contingente aliado. También lo hacía en Irak, hasta que Zapatero decidió ordenar la retirada. Una determinación que, independientemente de lo discutible desde el punto de vista de los intereses del Estado español, era coherente e inobjetable en función de sus promesas electorales. El problema fue cómo lo hizo: retirando las tropas al día siguiente de tomar el poder y sin contar con nadie. La brusca decisión tuvo una teatral escenificación mediática que entusiasmó al electorado radical-pacifista del Presidente Zapatero pero a un costo difícil de ignorar en términos internacionales: España resquebrajó una política americana que había cumplido más de medio siglo y, sobre todo, se convirtió en un Estado poco fiable. Fue esta forma de actuar –y no la fidelidad del gobierno Zapatero a un compromiso electoral que nadie mejor que los políticos americanos entiende- lo que ha deteriorado profundamente una relación con los EE.UU. que es mucho más importante para España que a la inversa.
Pues bien, resulta que ahora –y en esta coyuntura de Kosovo- el gobierno Zapatero parece repetir este desafortunado modus operandi. Abandonar la trinchera inesperada y bruscamente, además de un gesto diplomático insólito, desde un punto de vista militar, supone un problema logístico y de seguridad considerable para los que se quedan –nunca mejor dicho- al pié del cañón. Los actuales inquilinos de la Moncloa, sin otra profesión que la política ni especialidad alguna conocida fuera de la demoscopia, son, en general, personajes monolingües, provincianos y poco viajados, lo cual no les hace menos astutos e inteligentes -cualidades en las que han descollado sobre sus rivales- pero si les convierten en ignorantes del panorama internacional. Entre otras cosas, desconocen que la política en el mundo occidental está empedrada de viejas enseñanzas que vienen de experiencias, a veces traumáticas, las cuales han cristalizado en arquetipos y modelos. Uno de ellos, es el brusco abandono de sus posiciones del cuerpo de ejército belga en la primavera de 1940 que ha pasado a la historia como ejemplo negativo de retiradas imprevistas. El escenario actual carece, afortunadamente, del mordiente angustioso del modelo. Sin embargo, el recelo subsiste. Hoy, “la decepción” e “irritación” –para emplear las expresiones literales de nuestros aliados- se produce por el precedente al que otros contingentes pudieran acogerse. Motivo por el cual la decisión del gobierno español ha causado tanto malestar.
La verdad es que no resulta fácil predicar el multilateralismo en política internacional, para luego actuar unilateralmente -con la pretensión de cumplir las exigencias de aumentar efectivos que reclama la administración Obama, al tiempo que se evita irritar a esa opinión radical-pacifista, que uno lleva años jaleando, con el envío de nuevas tropas. El contencioso, pues, está en las formas. Como mínimo, hay un problema de coordinación y comunicación que un gobierno como el de Zapatero, sospechoso en la materia, dados sus lamentables antecedentes al respecto, debería evitar. Esta vez, el pobre Moratinos, tan abrumado siempre por una política clientelar de nombramientos politizados y un calendario agobiante de negociaciones insustanciales con países irrelevantes, tiene poca culpa. Antes al contrario, parece que está siendo Bernardino León –por una vez, un funcionario del Estado que no de partido- el encargado de zurcir el descosido diplomático. La responsabilidad, pues, se centra en Presidencia y se localiza en Defensa. Un ministro del ramo con mejor conocimiento del asunto le habría aconsejado mayor cautela a un Presidente, cuya ignorancia en materia internacional discurre, pari passu, con su desinterés. El problema es que Carmen Chacón -persona cuya dedicación e inteligencia la ha colocado por encima de cuotas y géneros- carece, sin embargo, de conocimientos militares y de experiencia diplomática, optando, fiel al modelo de su jefe, por apresurar una imagen de telediario a costa de la realidad exterior.
La ministra se queja de una doble vara de medir, aduciendo que otros países, como el Reino Unido, también han reducido efectivos en la zona, sin ser objeto de mayores reproches. Y tiene razón. Pero es una razón que nos debería mover a la reflexión más que a la indignación. Es un hecho que el crédito de España está penalizado por imágenes estereotipadas y prejuiciadas. Nuestro país -que salió de la llamada Guerra de la Independencia al precio de la devastación física y la descomposición institucional- perdió la centralidad en el concierto internacional occidental durante doscientos años. Tras la Guerra Civil, medio siglo largo de un manejo ordenado y discreto de nuestro propio desastre, nos han devuelto un peso objetivo considerable –que no es lo mismo que la consideración. Debemos reconciliarnos con la idea de que nuestro fondo de comercio no inspira la confianza del de Francia o Inglaterra y actuar con juicio e inteligencia más que con resentimiento. Por eso, en nuestra política internacional debemos ser más occidentalistas que los países centrales de Occidente, de modo tal que esta democracia no caiga en el error que perdió a la II República de hacer una política internacional pacifista y neutralista. Tras ciertas vacilaciones, todos los presidentes españoles han entendido y practicado esta línea. En política internacional se puede hacer casi todo por duro que sea. Se puede ser tan insistente como Felipe González o tan batallador como Aznar. Lo que no admite la naturaleza del tema es el desconcierto. Y una política internacional llevada con el estilo de un tratante de ganado y al vaivén de sondeo electoral, desconcierta.
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