Jueves 02 de abril de 2009
Argentina está de luto. Llora la muerte de un patriota cabal, Raúl Alfonsín: un líder que, con sus limitaciones, le devolvió la dignidad a un país azotado por años terribles, en los que sufrió la atroz Junta Militar de Jorge Videla y compañía, sucesora –y en buena medida, consecuencia- de unos años de terrorismo feroz e inmisericorde. Alfonsín, no sólo se tuvo el mérito de ser el primer presidente electo de la democracia argentina, también fue el hombre que trató de hacer justicia –que no venganza– en nombre de una nación, vejada y ultrajada por una dictadura que hacía desaparecer todo aquello que interfería con el orden establecido.
Durante su mandato, Alfonsín tuvo que sortear cantidad de obstáculos que amenazaban el arraigo y la estabilidad de la democracia en el gran país del Plata. A lo largo de sus seis años de gobierno, tuvo que enfrentarse a dos alzamientos militares, en 1984 y 1988, liderados por el general Pedro Mansilla y por el coronel Mohamed Seineldín, respectivamente. Asimismo, tuvo que mantenerse firme ante las presiones de grupos políticos y mandos militares, que veían con suspicacia las responsabilidades exigidas a los responsables del régimen dictatorial.
No obstante, Alfonsín no dudo en sentar en el banquillo a los cabecillas de la dictadura argentina: los ex presidentes Jorge Videla y Roberto Viola, los almirantes Emilio Massera y Armando Lambruschini y el brigadier Ramón Agosti. Sin embargo, el Presidente Alfonsín también comprendió que la justicia no es lo mismo que la democracia y, en consecuencia, que, para restaurar un sistema estable de libertades, eran necesarias políticas de compromiso y buscar mecanismos de conciliación. Por ello, en 1986, aprobó las controversiales leyes de Punto Final (diciembre de 1986) y Obediencia Debida (junio de 1987), que indultaron a miles de policías y militares que, de algún modo, habían participado en la represión, medidas que le valieron la crítica de sus opositores y de las organizaciones pro-derechos humanos.
Argentina y América Latina sienten la pérdida de uno de los pocos mandatarios sobre el cual, a pesar de su discutible manejo de la economía, no pesaron escándalos de corrupción ni de malversación de recursos. Porque Raúl Alfonsín demostró en vida que creía en las instituciones del Estado pero, sobre todo, que era un hombre que respetaba y se aferraba a sus principios por encima de todas las cosas, una cualidad que le valió el respeto del conjunto de la sociedad argentina. Tanto sus partidarios como de sus opositores, confiesan profesar, cuando no admiración, al menos un profundo respeto por este “porteño” de Chascomús, de bigote recortado y cabello engominado.
Ese posiblemente es el balance en este momento final, antes de que lo juzgue la historia. Como en tantos otros casos, personalidades muy relevantes de la vida pública terminan siendo valorados por algunas cosas –ya sea positiva como negativamente– aunque existan muchas otras de signo opuesto. Con sus aciertos y errores, Alfonsín será probablemente recordado como un político activo, que tuvo a su cargo la apertura de la etapa más prolongada de democracia con voto popular de la Argentina y que dedico su vida a intentar instaurar y estabilizar la República democrática.
Este es un momento para rendir un homenaje al ex presidente que acaba de irse. Habrá otras oportunidades para los balances más precisos. Hoy la sociedad argentina lo despide emocionada por las buenas razones, las que seguramente le harán un lugar en la historia. Mientras tanto, el célebre cementerio de la Recoleta, aquel que narra entre lápidas, leyendas y versos de tango, la historia de Argentina, se prepara para recibir a su nuevo inquilino. Esperemos que la tumba de un político digno como Raúl Alfonsín, reciba tantas flores y visitas como las de Eva Duarte.
TEMAS RELACIONADOS: