Lucía Nieto | Martes 07 de abril de 2009
Con el reto de encontrar respuestas globales con sensibilidad social y conciencia ecológica para afrontar la crisis que vive hoy el capitalismo, se realizó la sexta Cumbre de Líderes Progresistas de Viña del Mar, en la que participaron 80 invitados especiales y los Presidentes o Jefes de Gobierno de ocho países: la anfitriona chilena, Michelle Bachelet, José Luis Rodríguez Zapatero, de España; Gordon Brown de Inglaterra; Cristina Fernández, de Argentina; Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil; el vicepresidente de Estados Unidos, Joseph Biden, el Primer Ministro noruego Jens Stoltenberg y el presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez. Asistieron, además, José Miguel Insulza, Secretario General de la Organización de Estados Americanos -OEA- y Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina -CEPAL-.
La Red de Líderes Progresistas, constituida hace una década por Clinton y Blair, recoge una amplia gama de ideas de centro izquierda y propone un rol más activo del Estado, vive en la actualidad un momento único en su historia, con el Gobierno demócrata de Barack Obama en Estados Unidos, algunos de corte social-demócrata en Europa y presidentes de signo progresista en la mayoría de los países de América Latina.
Asistimos en estas semanas a una eclosión de giras presidenciales y de cumbres, ésta entre muchas otras. Los líderes, que se pasean por el mundo evidenciando una necesidad de reivindicación de la política, parecen estar buscando respuestas afanosamente entre sus pares y más allá, sí, la crisis económica global demanda importantes grados de colaboración y coordinación no sólo en el plano mundial, sino también en el plano regional, efectivamente las respuestas están en la generación de verdaderos espacios de cooperación. Los organismos internacionales se antojan añejos, caducos y sin posibilidades de responder a las demandas de la crisis, de los líderes, de sus países, de sus ciudadanos. Por eso, más allá de la indiscutible capacidad de convocatoria de la presidenta chilena, el alto nivel de los participantes en la VI Cumbre Progresista se entendería si hubieran asistido con la idea de buscar respuestas que trascendieran las fronteras nacionales y alternativas tangibles y eficaces en la periferia y para la periferia frente a la urgencia de la crisis. Sería el momento de recrear la oportunidad y potenciar la necesidad de que desde la región surjan instituciones, mecanismos y proyectos supranacionales, subregionales y regionales que sienten las bases para la resolución autónoma de los múltiples problemas que atraviesa Latinoamérica.
Pero ¿cuáles han sido los resultados? ¿De qué progresismo se ha hablado? El balance de la oportunidad ha quedado en retórica y oportunismo ante la crisis, habiendo sido todos los líderes presentes funcionales e implementadores de los postulados neoliberales, ahora repliegan velas y de sus voces emanan discursos sobre la necesidad del intervencionismo estatal, de un ajuste del capitalismo desde la izquierda ¿innovación, progreso? No, se trata de una reconsideración del keynesianismo, las respuestas siguen siendo pensadas en clave local, a nivel de país, no hay propuestas innovadoras, ni se ha dejado espacio para pensar, promover o apoyar otro tipo de instituciones que permitan actuaciones multilaterales sobre las realidades regionales o globales.
Los líderes acordaron construir las bases de una nueva economía que permita compartir ampliamente la prosperidad y evitar que la debacle económica y financiera degenere en un estallido social, palabras, palabras, palabras… fatuos resultados como en las seis cumbres anteriores y, aunque los acuerdos de estas reuniones no son vinculantes, no deja de ser importante el resultado de la discusión ya que se trata de establecer los lineamientos de esta corriente política que se antoja como alternativa.
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