Miércoles 08 de abril de 2009
Las autoridades italianas siguen actualizando el trágico balance del terrible terremoto que sacudió la región italiana de los Abruzos: más de doscientos muertos, varios de ellos sin identificar, centenares de heridos graves, decenas de desaparecidos y unas 70.000 personas sin hogar. Después de declarar el estado de emergencia, el presidente del Gobierno, Silvio Berlusconi, ha declarado día de luto nacional. El seísmo, de la magnitud 6,3 grados en la escala Richter, ha devastado la zona y, mientras la tierra sigue temblando por varias réplicas, los equipos de rescate siguen trabajando bajo los cascotes en los que han quedado reducidos miles de casas, monumentos, magníficos edificios históricos y maravillosas iglesias, joyas arquitectónicas románicas y góticas.
Ahora en las calles se siente sólo un silencio lleno de desesperación, mientras una angustiosa duda invade la cabeza de millones de ciudadanos: ¿se podría prevenir este desastre? La gente no se limita a dar credibilidad a las palabras de un experto, que había anunciado esa posibilidad para terminar denunciado por alarmismo. No, la cuestión es otra: ¿cómo es posible que Italia, una de las “tierras más inquietas” del mundo no goce de un sistema de protección eficaz frente a estos episodios? En la bota itálica se registran cada año un millón de pequeñísimos terremotos mientras un centenar de ellos alcanzan 5 grados de la escala Richter; uno cada 4 días. Pero una nueva tragedia se ha verificado: un episodio que debería confirmar una vez más que ha llegado el momento de reflexionar atenta y responsablemente sobre el problema. Los terremotos, que se distinguen de las demás calamidades naturales por su rapidez, no siempre son previsibles. Pero si lo son las medidas para reducir en lo posible la catástrofe. Italia necesita cambiar las reglas y adoptar de una vez sistemas que ayuden a limitar los daños. Medidas arquitectónicas estrictas y eficaces han evitado muchas catástrofes en países proclives a fenómenos sísmicos. Las administraciones italianas deben obligar sin demora ni picaresca al cumplimiento de dichas normas. En las últimas décadas, frente a catástrofes como la de Umbria y Marche de 1997 o Puglia en octubre de 2002, el Estado se comprometió a evitar que se repitiesen nuevas tragedias. Promesa olvidada pronto, concediendo nuevas “bulas” urbanas, flexibilidad urbanística y agilizaciones a la hora de construir.
Es el momento de reflexionar sobre los errores cometidos, la prevención olvidada o ignorada, el egoísmo urbanístico; es tiempo de llorar las victimas de esta nueva tragedia, al mismo tiempo que hay que valorar la solidariedad nacional y la unidad del país, condición que se verifica cada vez que se presenta una emergencia nacional. Pero ya no es tiempo de nuevas promesas, sino de sacar enseñanza de esta nueva desventura. Italia tiene el deber de hacer todo lo necesario para evitar llorar en el futuro su imprudencia. Como siempre prevenir es mejor que curar.
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