Opinión

Crisis de un Gobierno en crisis

Miércoles 08 de abril de 2009
Las quinielas que se hacían sobre la nueva composición del Ejecutivo de José Luís Rodríguez Zapatero se han quedado cortas. Y lo han hecho porque la remodelación ministerial emprendida por el Presidente ha sido más profunda de lo que se esperaba. Llama poderosamente la atención el hecho de que uno de los nombramientos menos comentados -pero no por ello poco significativo- ha sido el de propio Presidente al frente de Deportes. Efectivamente, sigue habiendo como tal una Secretaría de Estado para el Deporte, pero que ahora pasa a depender directamente de Presidencia. No es casualidad que esto suceda coincidiendo con una época brillante del deporte español: las selecciones españolas de fútbol y baloncesto, Rafa Nadal en tenis y un largo elenco de deportistas de alto nivel suponen fotos en las portadas de medio mundo. Fotos que Zapatero, como no podía ser de otro modo, está dispuesto a rentabilizar al máximo.

Destaca el nombramiento de Elena Salgado, en lugar de Pedro Solbes, cartera que comporta una especial responsabilidad en la actual coyuntura económica. Es quizá la mejor preparada del Gabinete. También es reseñable -pero en otro sentido- el de Angeles González Sinde al frente de Cultura, por venir de donde viene. Es el premio que tiene presidir la Academia del Cine español, el del “No a la Guerra”, ese que cada año pierde en espectadores y calidad pero gana en subvenciones y cánones. Entre los nuevos ministros hay una con doble licenciatura (Elena Salgado, con Ingeniería Industrial y Empresariales), un doctor en Filosofía (Ángel Gabilondo), una filóloga (Angeles González Sinde), dos licenciados en Derecho (Cháves y Trinidad Jiménez) y alguien - José Blanco- que carece de titulación y profesión definida, algo inimaginable en cualquier gabinete europeo. La cartera de Fomento requiere una preparación y titulación administrativa y técnica insoslayables, que sí tenían -con independencia del resultado de su gestión- los anteriores titulares. Las de José Blanco son de todo menos académicas: su mayor éxito curricular estriba en haber desempeñado con maestría el rol de comisario político del PSOE, por un lado, y ser el de azote del PP, por otro. Méritos a todas luces insuficientes para ostentar un cargo para el que se precisa una cualificación mucho más elevada –una constatación, por otra parte, que no disminuye sus acreditadas condiciones como político astuto y maniobrero. En cualquier caso, la culpa no será suya, sino de quien le puso. Al igual que al resto. De los que -salvo Gabilondo y González Sinde- puede afirmarse que no son precisamente caras nuevas; una muestra más de la falta de banquillo que tiene Zapatero. El cual, por otro lado, debe ser consciente de los estragos que la crisis está haciendo en su credibilidad y se ve abocado a intentar cambiar de rumbo con una remodelación del Gabinete. Pero el problema no es tanto las personas cuanto el proyecto político. O mejor dicho, la falta del mismo. Empezando por el propio Zapatero. El marketing y la cosmética, la imaginería y el teatro tocan a su fin: ahora es la realidad quien empieza a reclamar su deuda.

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