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La familia Elena Caro: un siglo de ajuares bordados en oro y seda

De su taller han salido obras para toda Andalucía y buena parte de España

Viernes 10 de abril de 2009
Desde que en 1910 Victoria Caro comenzara a bordar en su casa, cuatro generaciones han tomado el relevo en el bastidor. Carla será la próxima en heredar la tradición de manos de su padre, José Manuel, que se jubilará dentro de poco y dejará en manos de esta joven licenciada en Bellas Artes y restauradora de tejidos una aguja con un siglo de Historia.

El taller que actualmente dirige José Manuel Elena se constituyó legalmente en 1917. Durante estos 92 años de Historia, la familia Elena Caro ha visto salir de sus instalaciones centenares de piezas bordadas.

Manto de la Coronación de la Macarena.
Sólo en los años 60, las manos de Esperanza Elena Caro –la más conocida y reconocida de esta saga de bordadores- trabajaron en más de 300 obras para toda Andalucía.

“La más importante, por lo que significó, fue el manto de la coronación de la Macarena”, reconoce Carla, sobrina nieta de Esperanza y futura heredera del negocio familiar. Se trata de una pieza elaborada en 1964 siguiendo el dibujo trazado por el orfebre ya fallecido Fernando Marmolejo y que este año ha lucido la Virgen de la Esperanza en su salida procesional durante la Madrugá.

Además, la familia Elena Caro bordó, entre otros, el palio de la Virgen del Rosario de la Hermandad de Monte-Sión (Sevilla), el de la Virgen de la Angustia de Los Estudiantes (Sevilla) o el de la Virgen de los Dolores de la Archicofradía de la Expiración (Málaga).

Simpecado de la Hermandad del Rocío de Triana (Sevilla)
Sin embargo, en su nómina no sólo figuran obras para hermandades de penitencia, sino que también han bordado numerosos simpecados rocieros como el de Huelva, el de Triana (Sevilla) o el de la localidad hispalense de Sanlúcar la Mayor.

Restaurar además de crear
Del taller de Elena Caro no sólo salen obras nuevas. La restauración es una parte muy importante del bordado, puesto que “hay piezas que están mal y merece la pena conservar porque tienen un valor artístico”, nos explica Carla. En la mayoría de los casos, se trata de pasar los bordados a terciopelo nuevo, ya que el tejido es lo primero que se deteriora.

Una artesanía eminentemente religiosa
El bordado es otro de los oficios que sobrevive gracias al arte religioso. La práctica totalidad de los encargos procede de hermandades y cofradías, aunque también de algunos particulares que o bien quieren hacer una donación, o bien quieren vestir una réplica de una imagen.

No obstante, el taller de Elena Caro también ha realizado trabajos de carácter militar, tales como reposteros con heráldicas, así como obras civiles para la Exposición Universal de Sevilla de 1929, algunas de las cuales se conservan en la Capitanía General mientas que otras se encuentran en paradero desconocido.

Sea como fuere, el primer paso es hacer un diseño a escala y, una vez aprobado el proyecto y el presupuesto, ampliarlo a tamaño real. En la práctica totalidad de los casos, el diseño de los bordados corre por cuenta del taller. “A veces, el diseño lo trae la Hermandad”, explica Carla. En esos casos, lo normal es que haya que adaptarlo, puesto que nadie conoce mejor las posibilidades del bordado que quien se dedica a trazar el dibujo con hilo.

José Manuel y Carla Elena trabajan en la ampliación de un manto en el taller. Cristina Carbón



En bastidores pequeños se van elaborando las piezas que, posteriormente, se colocan sobre el tejido, si bien algunas partes se hacen directamente sobre el terciopelo.

Finalmente, se forra la obra, en caso de que se trate de una saya o un manto, o se monta sobre su estructura si es un palio o un estandarte.

Un trabajo a largo plazo
Hasta cuatro años pueden tardar los bordadores del taller de Elena Caro en completar las bambalinas y el techo de un palio, y dos años en bordar un manto procesional de una Virgen. Por ello, “los trabajos de envergadura se piden de un año para otro”, explica la futura regente del negocio.

En la actualidad, la actividad se mantiene durante todo el año, pero no siempre ha sido así. “Hasta los años 50-60, los encargos eran periódicos y después de Semana Santa se cerraba el taller casi dos meses”, relata Carla.

Hoy en día el problema, más que la falta de trabajo, es la competencia que sufren los talleres “legalmente establecidos”, ya que, según denuncian, “hay infinidad de irregularidades que habrá que esclarecer”, entre otras, la de los bordadores que trabajan de forma clandestina. Una polémica que, en cualquier caso, no ha conseguido apagar el brillo de los hilos de oro con los que la familia Caro lleva cien años tejiendo la historia de las cofradías.

Cien años de bordados
La precursora de esta saga de bordadores, Victoria Caro, fundó el taller familiar hace 92 años, siete años después de empezar a bordar en su propia casa en 1910. Tras un período de aprendizaje con las hermanas Antúnez, Victoria se unió, en 1917, a su hermano José para fundar uno de los talleres con más renombre de la ciudad de Sevilla. En esta primera etapa, pasaron por tres emplazamientos diferentes, siempre en el centro de la ciudad.

Fotografía de la familia Elena Caro en el taller. Cristina Carbón



Su primera ubicación fue un local en la céntrica calle Calatrava, donde recibió los primeros conocimientos sobre el bordado en oro su sobrina Esperanza Elena Caro. Fue precisamente ella quien llevó esta artesanía a su punto más alto. Desde 1943 se encargó de dirigir el negocio, con la ayuda posterior de su hermano Manuel, que colaboró, de un lado, en las tareas de administración y, de otro, en el dibujo y el diseño.

Bajo su dirección, el taller fijó su localización definitiva en la calle Jesús del Gran Poder, donde aún hoy continúa bordando su sobrina nieta, Carla Elena.

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