Francisco Parra | Miércoles 08 de abril de 2009
Muchos pensaron que con la derrota del PRI en el año 2000 -actor clave por antonomasia de la otrora dictadura perfecta del régimen político mexicano-, ese partido sería víctima de una serie de circunstancias adversas que le condenarían al abismo y al ostracismo políticos, una Némesis para el PRI en la cual pagaría los errores y los excesos cometidos a lo largo de setenta años en el poder presidencial. Para otros, entre los que me encuentro, el dilema de la supervivencia del PRI transcurría –ineludiblemente- por un proceso de profundas reformas internas de carácter democrático que le permitiesen adaptarse a los nuevos tiempos, a desempeñarse como oposición responsable, a vivir sin los recursos del erario público y, sobre todo, a liberarse del yugo asfixiante de la clase dirigente. Ha transcurrido casi una década y ninguno de los pronósticos se ha cumplido; por el contrario, un revitalizado y exultante PRI se apresta a reconquistar el poder político en México con los mismos vicios de antaño.
La ausencia de compromiso democrático y la utilización de viejas prácticas autoritarias, han quedado constatadas en el comportamiento y las conductas adoptadas por la cúpula del PRI en los últimos nueve años. Por una parte, la anunciada reforma interna del partido ha sido aparcada indefinidamente al estar supeditada a los intereses electorales inmediatos y al escaso o nulo debate ideológico en el seno del partido, situación que coloca al partido con una agenda programática inadecuada y caduca respecto a los intereses vitales de la ciudadanía. Un ejemplo de lo anterior es el último paquete de reformas presentado por el PRI en el Senado de la República y que, de acuerdo con Liébano Sáenz, no es otra cosa que un galimatías populista y oportunista en vísperas de elecciones (véase revista Datamex, Nº 43/XLI). Por otra parte, la exigencia de transparentar el proceso de selección de candidatos y la vida interna del partido han quedado en el olvido, muestra de ello es el reciente proceso de elaboración de la lista de candidatos a las próximas elecciones del mes de julio de 2009. Sabedores de que las encuestas de intención de voto anuncian la delantera del PRI respecto al PAN y el PRD, la dirigencia priista se ha apresurado en asegurar a sus parientes, amigos e incondicionales, los mejores puestos de entre las 500 candidaturas que conducen a un escaño seguro en la Cámara de Diputados (300 de mayoría y 200 de representación proporcional). En el PRI se ha impuesto, una vez más, el nepotismo y el amiguismo, el palomeo y el dedo impositor, antes que el proceso transparente y plural que hiciera creer a sus militantes en la apertura del partido e hiciera pensar al resto de los mexicanos que los priistas se merecen una segunda oportunidad.
Pero se equivocan los líderes priistas si piensan que la ventaja en las encuestas responde a la buena reputación de su conducta. Olvidan que la desesperación y el cansancio de la población obedecen a la incapacidad del gobierno de Felipe Calderón al hacer frente a la crisis económica y a la inseguridad pública provocada por el narcotráfico. Ante un PAN en horas bajas y un PRD inmerso en una perenne guerra fraticida, las probabilidades de que el PRI consiga la mayoría en el Congreso es una realidad latente, sería una plataforma fundamental para el asalto final a la presidencia en el año 2012. El retorno del PRI es inminente, no podemos decir lo mismo de la paz y la prosperidad para un país desolado por la pobreza, el hampa y la corrupción.
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