Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 10 de abril de 2009
Bajo el críptico crotorar de las cigüeñas semananteras, remanente sonoro del abismo temporal de la vida, Zapatero ha puesto de golpe cinco caras “nuevas” en el escenario de un gobierno que quiere luchar con afán contra la crisis cerrando filas. Salvo quizás el Ministro de Educación ( la metafísica siempre ha mejorado y mejorará los fines nobles de la educación desde los tiempos del moderado Claudio Moyano y Samaniego - gobierno Narváez, claro -, y más atrás ), los nuevos ministros son más mediocres que los anteriores, mucho más en consonancia, desde luego, con la esencia imponderable - por vacua - de Zapatero. La marcha de Pedro Solbes ( y su magnífico secretario de Estado ), César Antonio Molina y Bernat Soria, que representaban con rigor el elemento técnico que debe tener todo gobierno, los perfiles de los altos funcionarios bismarckianos, ramploniza gravemente el Gobierno, e incrementa el peso muerto de la ideología partidaria.
Es decepcionante que contra la grave crisis que padecemos se eche mano más de las huestes aulladoras que del elemento técnico altamente cualificado. Zapatero es un peligro. Que Elena Salgado y Pepiño Blanco piloten la nave de España frente a la borrasca de la crisis económioca es para ponernos a rezar y encomendarnos a todos los santos patrios. O quizás sean la salida a la crisis no haciendo nada, que sería la dirección más liberal y probablemente más acertada frente a la misma. Pero mucho nos tememos que se van a poner a trabajar y a estropear más las cosas. Y es seguro que el abuso del poder y la fragilidad de la capacidad de la Administración aumentarán. Es lo que tiene la inanidad de los importantes. Es lo que tiene tener hooligans como dirigentes del tráfico social.
Lo que es seguro es que nuestro Zapatero tiene el mismo maravilloso concepto del cine que Lenin como instrumento no sólo de la Revolución, sino sobre todo del mantenimiento en el poder. Si supiera nuestro presidente hablar en inglés ya sería la gloriosa reencarnación de Lenin. En fin, camarada, siempre nos tiene que faltar algo. Vida puñetera. La dicha nunca es completa. El desastre tampoco. Ésa es nuestra esperanza.
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