José Antonio Sentís | Miércoles 15 de abril de 2009
Han bastado unos días para descubrir que Blanco se ha quitado con agilidad el mono del partido para ponerse el terno de ministro y para oírle algo que Zapatero ha sido incapaz de transmitir con credibilidad en un lustro: que quiere ser ministro de todos los españoles. Y, para demostrarlo, lo primero que ha hecho ha sido entrevistarse con Esperanza Aguirre, la preterida presidenta de la Comunidad de Madrid, esquilmada en su financiación por los sucesivos gobiernos zapateriles.
Con esa entrevista, Blanco mata dos pájaros de un tiro: por un lado, expone a la opinión pública su talante negociador con la oposición y pelillos a la mar sobre sus antiguas diatribas. Y, por otro, fractura al adversario al profundizar en las diferencias internas del PP con su repentina empatía hacia una confesa disidente de Rajoy, pero poderosa dirigente madrileña de los populares.
Y a esta entrevista le sucederán otras para ablandar a las baronías regionales de la Oposición y generar contradicciones en su seno, estrategia evidente que Zapatero ha tardado una infinidad en comprender y Blanco ha empezado a ejecutar en minutos.
El tiempo que Blanco no ha dedicado a estudiar lo ha empleado en afinar su instinto estratégico en lo político. Visto con perspectiva, mientras Blanco escrutaba la brújula, Zapatero se perdía en los cerros de Úbeda de sus fantasías siempre inconclusas, en sus reorganizaciones ministeriales fallidas, en su política económica suicida, en su novelesca obra de ingeniería social, en su resquemor histórico.
Pero los mensajes pragmáticos, los que hacían daño al adversario, salían de la factoría Blanco. Por eso era el más odiado por el PP, pero ahora va a dejar al PP sin argumentos, porque Blanco va a hacer lo posible y lo imposible para que se olvide su intenso pasado sectario. Y lo puede lograr, porque el mensaje que transmite y mantendrá sobre su papel incendiario contra el PP es el mismo que tantas veces se escucha en las películas de mafiosos: “No era nada personal, sólo negocios”.
En resumen, mi pronóstico es que Blanco lo va a hacer mejor que Zapatero, y eso es una cosa que no va a llevar muy bien Zapatero, especialista en quemar a la gente que se le acerca demasiado. Por lo tanto, Blanco terminará en una Autonomía o en una lista europea, que hay que ver cómo compone Zapatero su candidatura de exiliados a Bruselas: López Aguilar, Ramón Jáuregui, Magdalena Álvarez… Sin contar al resto de cadáveres exquisitos que jalonan la carrera del prócer socialista.
Blanco va a ser tan institucional que va a dejar a Zapatero en evidencia, y el líder socialista no parece buen enemigo, especialmente para los suyos, a quienes achicharra con una facilidad muy parecida a la de Stalin, borrando hasta las imágenes de sus purgados de las fotos oficiales.
De momento, sin embargo, Zapatero necesita a Blanco, y éste no sabe que cada uno de sus aciertos será un clavo en su propio ataúd. Pero ha tenido su momento de gloria como ministro, y eso no se lo quitará nadie a este listo iletrado, astuto muñidor y perseverante apparatchik.
El único problema que tiene que despejar Blanco, una vez premiado con el Ministerio Papá Noel, el que lleva regalos a todo el mundo, es, precisamente, alejar de sí las sospechas porque tal bolsa coincida en las manos de la persona que hasta ahora ha tenido que recaudar dinero para su partido. Y que los fondos públicos en poder de un estratega electoral puedan derivar presuntamente en beneficiar a su partido en las elecciones.
Cuidado este flanco, a lo que habrá que estar vigilante, Blanco se va a pasear como un torero por el Gobierno, mientras Elena Salgado suda tinta, De la Vega se desgañita y Chaves perfecciona su ya acreditada capacidad para no hacer nada.
Aunque el primer duelo en el Gobierno será muy pronto dilucidar quién es más Rasputín para el zar Zapatero: Blanco o Rubalcaba. Pero eso lo dejaremos para más adelante.
TEMAS RELACIONADOS: