Jueves 16 de abril de 2009
El Fondo Monetario Internacional ha vuelto a dar un toque de atención a los optimistas antropológicos y a aquellos que, como José Luis Rodríguez Zapatero, creen que la economía es un estado de ánimo. Su servicio de estudios ha reunido los datos de 21 economías avanzadas en los últimos cincuenta años para obtener de ellos lo que, en el cursi lenguaje de la ciencia económica se llama “hechos estilizados”; es decir, aquellas tendencias que se repiten y de las que podemos extraer consecuencias. La idea de que la historia es cíclica es tan antigua como ella misma. Pero llevamos demasiado tiempo observándola para creer en que se repite mecánicamente. Con todo, es cierto que se producen ciclos económicos y que, aunque nunca se suceden del mismo modo, presentan características comunes. El Fondo Monetario Internacional ha observado dos hechos: que cuando la crisis tiene causas financieras, es más dura y prolongada y que, cuando tiene un carácter mundial, la recuperación se hace más difícil. Como está comprobado que la actual recesión combina ambas características, la conclusión no podía ser otra: será “excepcionalmente profunda y extendida en el tiempo”.
Desde estas páginas hemos incidido en que, efectivamente, esta es la peor crisis económica desde la Gran Depresión. Por desgracia, además, estamos cayendo en algunos de los errores de entonces. La crisis de 1929 hubiese finalizado al poco de haber comenzado de no ser por las medidas intervencionistas, sin precedentes, impuestas por la Administración de FDR. Esta es la hora en que los principales dirigentes mundiales recaen también en esa misma tendencia. Aunque los resultados probablemente no sean tan nefastos como los introducidos por el New Deal, tampoco cumplirán las promesas de pronta recuperación con que los políticos nos regalan los oídos. Dura, prolongada como va a ser esta crisis económica, al menos nos va a poner ante la tesitura de elegir qué tipo de sociedad queremos ser. Ahogará la verborrea fútil e inane de los políticos y les forzará a hablar con claridad sobre el camino que debamos seguir para ser prósperos. Quizá tengamos que descubrir que ese sea el camino abandonado, el de las normas sencillas y claras e iguales para todos. El denostado camino del mercado, el de una sociedad libre.
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