Cultura

"Il ritorno d'Ulisse in patria", una elegante representación barroca de la fragilidad humana

Por primera vez en España

Sábado 18 de abril de 2009
Que en todo Monteverdi se percibe un acusado sentido de la elegancia es un hecho que ya se pudo constatar con la representación en el Teatro Real de L’Orfeo, la primera de las óperas que conforman la trilogía propuesta por el coliseo madrileño como homenaje al gran autor barroco y que culminará el próximo año con L’incoronazine di Poppea. Ayer fue el turno para Il ritorno d’Ulisse in patria, nunca vista antes en nuestro país a pesar de los 369 años que han transcurrido desde su estreno en Venecia, en una sociedad en la que la nobiltà era un aspecto muy importante y debía, por tanto, ser recompensada con elementos de elegante belleza y sofisticada armonía.

Pier Luigi Pizzi, director de escena, ha querido que nadie pudiera acusarle de traicionar ese sentido de la elegancia de Monteverdi, creando una escena sin estridencias ni elementos superfluos. Los escasos elementos que conforman la misma acompañan con una discreción que quizás resulta demasiada y da como resultado una estética a la que falta algo de movimiento. No tanto en la primera parte, en la que el barco que llega a la bien representada playa de Ítaca ofrece las claves para seguir el drama, pero sí en la segunda, en la que se introducen elementos que no aportan comprensión ni belleza alguna. Mucho más acertada, sin duda, resulta la elección del vestuario, a través del que se diferencia con clase la existencia de los dos mundos en los que se desarrolla la acción, el de los simples mortales y el de los magníficos dioses.




La esencia misma de Monteverdi es el reflejo del sufrimiento de la existencia humana y en esta ópera de la etapa de madurez de su autor no falta ninguno de los grandes temas de la tragedia griega más clásica. En Il ritorno d’Ulisse in patria aparece muy pronto, ya en el prólogo, la fragilidad humana sometida a la tiranía y a los caprichos del Tiempo, de la Fortuna y del Amor. Ni siquiera Neptuno, Minerva, Júpiter y Juno, retratados en todo su esplendor en esta coproducción con el Teatro La Fenice de Venecia, pueden evitar que sus proyectos choquen irremediablemente contra el Destino. Un Destino que en esta ópera, último aliento del humanismo renacentista, es propicio para los amantes que con constancia y fidelidad confiaron en el Amor. Por ello, las escenas del reencuentro entre Ulises y su hijo Telémaco y, especialmente, entre Ulises y su amada reina Penélope, son algunos de los grandes momentos del drama musical de Occidente.




Anoche, el magnífico tenor sudafricano Kobie van Rensburg y la no menos virtuosa mezzosoprano británica Cristine Ricce demostraron unas cuidadas voces de altura que brillaron especialmente en el dúo final “Sospirato mio sole”, de una intensidad poética excepcional. También el resto del amplio reparto, en su mayoría cantantes jóvenes de buen perfil, afrontaron sus papeles con correcto resultado. Destacó entre ellos el tenor londinense Robert Burt, cuajando el difícil papel de Iro, con sus paradojas entre cómicas y dramáticas, luciendo no sólo su voz sino también sus grandes dotes como actor.

Mención aparte merece, por supuesto, la dirección musical del experto barroco William Christie al frente de Les Arts Florissants, una agrupación vocal y musical de las más reputadas en la interpretación de música antigua con instrumentos originales y sin cuya apasionada y valiosa actuación, el éxito de la velada de ayer en el Teatro Real no habría sido posible.

TEMAS RELACIONADOS: