Los Lunes de El Imparcial

Philip Roth: Indignación

crítica

Domingo 03 de mayo de 2009
Mondadori. Traducción de Jordi Fibla. Barcelona, 2009. 176 páginas. 17,90 €.

Hay diversos recursos o caminos para defenderse de la propia cultura, que siempre amenaza con ahogar al espíritu creador con sus lugares comunes. Uno de ellos, el más obvio, es el de los viajes en busca de culturas exóticas, a las que se asimila uno como gesto de rebelión o de afirmación de lo otro.La opuesta estaría en la búsqueda y profundización en las raíces, en querer tratar sólo con lo esencial. Y una tercera sería la de la crítica y la confrontación con las propias formas y valores heredados, con los que el hombre de espíritu estaría siempre a la greña. A esta tercera especie pertenece Roth.

Indignación parece un título muy en la línea de sus narrativa airada contra el estilo de vida americano y sin embargo, me parece desproporcionado para esta novela. Su protagonista es el héroe más “integrado” y razonable de los inventados por Roth en los últimos tiempos, aunque es cierto que en un momento de la novela participará del sentimiento de indignación que da título al relato, y que parece describir el temple fundamental desde el que escribe Roth sus últimas novelas. Estamos ante una obra menor, en apariencia, si la comparamos con otras más ambiciosas, incluso en número de páginas, como son las que conforman la “Trilogía americana”, pero en absoluto desdeñable. Lo que comienza como un ejercicio narrativo circunstancial, se convierte, a mi juicio, en una pequeña obra maestra. La anécdota a la que recurre el autor para poner en marcha su historia no puede ser más corriente. Un muchacho judío que acaba de terminar sus estudios de grado medio, comienza a estudiar en la pequeña universidad de su ciudad, Newark. la manera en que su padre, un carnicero kosher que posee un pequeño negocio, reacciona ante esta salida de su hijo al mundo, llevará al protagonista a trasladarse el segundo año de carrera a la universidad de Wisnesburg, Ohio, a 800 kilómetros de la puerta trasera de la casa que cerró el padre con llave una noche en que Marcus tardaba en llegar. Estos menudos avatares tienen lugar en una fecha que determina un paisaje histórico muy concreto. En la primera página el autor nos hace saber que la Gran Historia está presente en la vida del pequeño Marcus. Ha nacido en 1932 -un año antes que el novelista, y en la misma ciudad- y cumple en 1950, el año que estalló la guerra de Corea, los dieciocho.

La fecha parece elegida como un punto de referencia en la vida americana, el que marca el inicio no tanto de la guerra fría, que políticamente había comenzado algunos años antes, sino el momento en que se solidifica en una especie de atmósfera o estado anímico, cuando los muertos de la anterior guerra, comenzaban a ser olvidados. La profesión de carnicero del padre adquiere entonces una dimensión simbólica que da a las magníficas descripciones de la primera parte del libro sobre los quehaceres en la carnicería, donde Marcus trabaja el año anterior a entrar en la universidad, el alcance de todo un juicio de intenciones sobre la condición del siglo XX, el siglo en que la tierra se convirtió en una gigantesca carnicería. Desde el tajo de la carnicería donde descuartizan los cuerpos de los animales, y a veces, por accidente, la carne humana, hasta las muñecas seccionadas de la joven Olivia, el personaje femenino que atraviesa la vida de Marcus como un susurro llegado del futuro, la descripción realista de las escenas cotidianas, consigue en todo momento cargar el sentido de la narración hasta convertirla en una especie de filigrana que dibuja el estado de ánimo de los jóvenes americanos de clase media o, al menos de los más sensibles en aquellos años que ahora nos parecen sin identidad suficiente.

Diría que Roth ha hecho una especie de experimento mental, consistente en trasladar a dos espíritus formados en la espontaneidad y libertad de criterios de finales de los sesenta, cuando ocurría la otra guerra, la de Vietnam, al ambiente sofocante, de valores tradicionales y falsa religiosidad que dominaban en muchas instituciones norteamericanas, incluidas las universitarias, y que estaban tan muertos como un decorado de cartón piedra que hubiera quedado olvidado después de terminada la representación. De hecho, la novela acaba con una “nota histórica” en la que se explica que el requisito de asistir obligatoriamente al servicio religioso fue abolido en Winesburg después de las revueltas estudiantiles de finales de los sesenta. Pero Marcus encontrará su destino en un rosario de pequeños incidentes, uno de los cuales, es la discusión que tendrá con el decano para reclamar su derecho a mantenerse al margen de la instrucción religiosa. Ha leído a Bertrand Russell, a quien habían concedido ese mismo año el premio Nobel de literatura. La escena nos provoca a los lectores de hoy una sonrisa de superioridad, pero si tenemos sentido histórico repararemos en que para los decanos del medio oeste a principios de los cincuenta Russell era poco menos que un diablo de pelo blanco, divorciado, que fumaba en pipa y que usaba su poderosa inteligencia lógica para destruir los argumentos que demostraban la existencia de Dios. Es, por tanto, un acierto que Marcus haya leído Por qué no soy cristiano y no a Nietzsche. Ya lo leerán otros héroes más viejos, más avanzado el siglo, como el profesor Silk de La mancha humana, un inteligente nihilista que arrastra su “negatividad” por el mundo con buenas dosis de sarcasmo o se hará sentir en la rabia desorientada de la Merry de Pastoral americana.

Pero la voz del narrador que se confunde con la rememoración de Marcus, no está alimentada por la rabia sino por la melancolía de quien tiene conciencia de lo que pudo ser y no fue: Marcus, el hijo del carnicero de Newark y Olivia, la hermosa y desprejuiciada hija de un médico de éxito de Cleveland, terminando sus estudios y siguiendo el curso de sus vidas hacia donde quisiera llevarles.

José Lasaga

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