Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 20 de abril de 2009
En la V Cumbre de las Américas, que acaban de celebrar en Trinidad-Tobago los 34 Estados que pertenecen a la OEA, Obama ha hecho un nuevo “viaje triunfal”, pero el auténtico protagonista ha sido el único país americano ausente: Cuba, que no forma parte de esa organización desde que optó por la dictadura comunista de la dinastía Castro y cuyas relaciones diplomáticas con EE UU están rotas desde 1961. Previamente, Obama había entreabierto la puerta al dar órdenes para facilitar los viajes a la isla de los cubano-americanos y al permitir el envío de remesas, hasta ahora permitidos solo excepcionalmente. Además, y por primera vez, las compañías norteamericanas de telecomunicación podrán solicitar licencias ante el Gobierno de La Habana. Para sorpresa de muchos, Raúl Castro ha contestado que está dispuesto a hablar de todo, incluidos los derechos humanos, la libertad de prensa y los presos políticos. Debe tenerse presente que Castro ha hecho estas declaraciones en Venezuela el la reunión previa de los países que forman ALBA (Alianza latinoamericana bolivariana) que, bajo la dirección de Chávez, aspira a lo que él denomina “socialismo del siglo XXI” y que rechaza la democracia y el capitalismo. Una reunión en la que el caudillo venezolano afirmó sin rebozo que Cuba es más democrática que los Estados Unidos y donde se anunció que los de ALBA no pensaban firmar el comunicado final de la cumbre de Puerto España, capital de Trinidad-Tobago.
Obama estima que ahora es Cuba quien tiene que dar los próximos pasos, mientras que Lula –que se configura crecientemente como el más destacado líder iberoamericano- animaba a los norteamericanos a seguir avanzando sin esperar nuevos gestos cubanos. Todos estos bailes diplomáticos están muy bien, pero, lo cierto es que los cubanos siguen sin ser libres (ni prósperos), como el mismo Obama ha reconocido y que, más allá de las imágenes, las perspectivas en Cuba no son optimistas. Sólo hace dos meses, y en el marco de una gran remodelación de sus equipos dirigentes, Raúl Castro ha cesado a dos figuras señeras del régimen, el vicepresidente Lage y el ministro de Asuntos Exteriores, Pérez Roque, que pasaban por ser los “aperturistas” del régimen y para que no hubiera ninguna duda del sentido de estos cambios, ambos, a los pocos días, han “confesado sus errores” en el más puro estilo soviético. Por cierto que Pérez Roque era considerado como “el candidato in pectore” de Moratinos para la supuesta transición a la democracia. Una posición que, según Carlos Alberto Montaner, muestra el grado de desinformación que tiene el ministro español sobre la situación cubana y que, en todo caso, es un ejemplo de la tendencia buenista de la diplomacia española, a la que le encanta tomar sus deseos por realidades.
Estos gestos y palabras, como la imagen del apretón de manos entre Obama y Chávez y otras parecidas, revelan, seguramente, un cierto cambio de clima. Pero, por el momento, significan poco, especialmente por lo que hace a las relaciones entre EE UU y Cuba, después de medio siglo, por parte de Washington, de una política fracasada, como ha reconocido el propio presidente americano, fracasada, ha dicho, “porque los cubanos siguen sin ser libres”. Ese es el objetivo de los EE UU, para el que cuenta con una nula colaboración por parte de La Habana, a pesar de las “bonitas” palabras de Raúl Castro. Por parte de Washington, la piedra de toque de nuevos progresos efectivos sería el levantamiento del embargo, pero la posición de la actual Administración americana es, en esta cuestión, igual que la de las anteriores: “No es el momento de plantear este asunto”, es lo que ha dicho en Puerto España el entorno de Obama, el cual, por cierto, ni siquiera ha querido aludir al vidrioso tema. Vidrioso porque está totalmente en contra el lobby cubano- americano, tan poderoso en Florida y que, además, tiene representación en el Congreso de Washington.
Por cierto que la última vez que estuvo Fidel Castro en La Moncloa (1998) su anfitrión fue Aznar que le manifestó su oposición al embargo. La respuesta de Castro es muy clarificadora: “Me hace falta el embargo todavía por una o dos generaciones”. Y es que la lucha del David caribeño contra el Goliat norteamericano es el factor fundamental de legitimación del régimen y el embargo es su mejor símbolo. Y ahí está lo paradójico de la situación: Se habla mucho del embargo pero lo cierto es que ni Washington ni La Habana quieren que acabe. Los primeros, equivocadamente, por la presión de los de Miami. Los segundos por la propia lógica totalitaria del régimen. Por parte de Cuba, la piedra de toque que descongelaría la situación sería la liberación de TODOS los presos políticos, por no hablar de unas más que improbables elecciones pluripartidistas, otra de las peticiones de Washington. Pero el neocastrismo de Raúl no está por la labor, como muestran las destituciones a que aludíamos más arriba. Aunque Moratinos siga instalado en su wishful thinking.
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